Con una novela de 1831, Víctor Hugo salvó a Notre-Dame de la demolición y convirtió a Quasimodo en el alma del edificio
Victor Hugo no solo escribió una de las novelas más céleb...
Victor Hugo no solo escribió una de las novelas más célebres del romanticismo francés: salvó una catedral. Su obra Notre-Dame de París, publicada en 1831, desencadenó un movimiento de preservación que rescató a la catedral de Notre-Dame del abandono y, posiblemente, de la demolición.
Dos siglos después, ese edificio que Hugo defendió con su pluma sigue de pie en el corazón de París, restaurado tras el incendio de 2019 y reconocido como uno de los monumentos más visitados del mundo. Lo que pocos recuerdan es que, detrás de la historia de Quasimodo y Esmeralda, había una urgencia política tan concreta como la piedra misma del edificio.
La ambición del escritor detrás de Notre-Dame de París era explícitamente patrimonial. Hugo concibió el libro —ambientado en 1482, durante el esplendor renacentista de la catedral— como un alegato para frenar la destrucción de los monumentos góticos de Francia. Varios capítulos están dedicados en exclusiva a describir la arquitectura del edificio y a denunciar, con minuciosidad, los daños que el tiempo y los hombres le habían infligido.
Quasimodo, el protagonista jorobado, es presentado como la encarnación del alma de la catedral: una figura que en el antiguo Egipto hubiera sido tomada “por el dios del templo”, según la propia obra. La elección no era casual: Hugo necesitaba que el lector sintiera el edificio como un ser vivo, algo que valía la pena defender.
La catedral llegó al siglo XIX saqueada y al borde de la demoliciónPara entender el peso de esa intervención, es necesario conocer el estado en que se encontraba el edificio. Construida en 1345, Notre-Dame había sufrido décadas de abandono sostenido. Tras la Revolución Francesa, fue cerrada al culto y empleada brevemente como depósito. Su aguja fue desmontada por daños causados por el viento, nueve de sus diez campanas principales fueron fundidas para sostener el esfuerzo revolucionario y sus estatuas fueron destruidas y decapitadas por quienes las consideraban símbolos del antiguo régimen.
Aunque el edificio fue reabierto en 1802 y albergó la coronación de Napoleón Bonaparte en 1804, para mediados del siglo XIX la demolición se perfilaba como la salida más probable para una estructura con la que el Estado ya no sabía qué hacer.
La campaña de Hugo no comenzó con la novela. En 1823, cuando tenía apenas 21 años, publicó en la Revue des deux Mondes un artículo titulado “Guerra a los demoledores”, en el que exigía que “un grito universal se elevara para llamar a la nueva Francia en auxilio de la vieja”. Notre-Dame de París fue la culminación de esa batalla pública, librada durante casi una década con la pluma como única herramienta. El escritor entendía que ningún decreto administrativo podría lograr lo que sí podía lograr una historia bien contada: mover a la opinión pública.
El libro forzó al Estado a restaurar el edificio durante 25 añosEl impacto de la novela fue inmediato. El interés popular por la catedral se renovó y el rey Luis Felipe declaró que la restauración de los monumentos góticos del país sería una prioridad de Estado, tarea que quedó a cargo de la recién creada Comisión de Monumentos Históricos.
Durante los 25 años siguientes, Notre-Dame fue restituida a su forma gótica original: las vidrieras claras instaladas durante el reinado de Luis XIV fueron reemplazadas por vidrieras emplomadas, se instaló un nuevo órgano y se erigió una aguja más alta y elaborada que la anterior.
Las gárgolas que hoy flanquean sus torres —reposiciones de las medievales que se habían deteriorado o caído— también se atribuyen a las descripciones que Hugo hizo de las quimeras y estatuas del exterior del edificio.
Notre-Dame es hoy una de las catedrales más reconocidas del planeta, con millones de visitantes al año. Cuando un incendio la devastó en abril de 2019, la respuesta global fue contundente: se recaudaron casi mil millones de dólares para financiar su reconstrucción. Casi dos siglos después de que Hugo emprendiera su campaña, el mundo respondió exactamente como él había pedido.