Cuando el mundo veía a Van Gogh como 'un loco', ella vio su genialidad
Era abril de 1912 y Helene Kröller-Müller se encontraba en un frenesí de compras. No le interesaban los zapatos ni las modas más recientes; estaba a la caza del retrato de Madame Augustine Roul...
Era abril de 1912 y Helene Kröller-Müller se encontraba en un frenesí de compras. No le interesaban los zapatos ni las modas más recientes; estaba a la caza del retrato de Madame Augustine Roulin de Vincent van Gogh.
Logró encontrar La berceuse, como se conoce a la pintura (también conocida en español como Canción de cuna), en una galería de París, y la compró en el acto. Al día siguiente, fue de galería en galería, en busca de más pinturas de Van Gogh, y se llevó a casa un gran botín: 15 en un solo viaje.
Kröller-Müller, una heredera alemana, se había fijado como objetivo de vida establecer una gran colección pública de arte moderno. Se convirtió en una de las primeras grandes coleccionistas en reconocer la genialidad de Van Gogh.
Ahora, más de un siglo después de aquel maratón de compras en París, la colección completa de pinturas de Van Gogh que reunió se exhibe en el museo que construyó en medio de un bosque neerlandés, por primera vez desde 1984.
Se trata de la segunda colección de obras de van Gogh más grande el mundo, después del Museo Van Gogh en Ámsterdam, y fue formada por una mujer que asumió grandes riesgos al comprar su arte en una época en la que pocos se atrevían.
La exposición en el Museo Kröller-Müller en Otterlo, Países Bajos, llamada "Van Gogh: todas nuestras pinturas" y que estará abierta hasta el 3 de enero, presenta toda la colección tal como Kröller-Müller la concibió: una expresión del desarrollo, alcance y aspiraciones espirituales del artista.
"Este es un momento poco común en que todas las pinturas están en casa", dijo Benno Tempel, el director del museo. "No ha sucedido durante mucho tiempo".
La muestra está organizada en torno a tres temas --fe, esperanza y amor-- que reflejan la dimensión espiritual que Kröller-Müller vio en la obra de Van Gogh. Incluye muchas de sus obras populares, esparcidas por estas amplias categorías, como Terraza de café por la noche, Retrato de Joseph Roulin y El sembrador.
Kröller-Müller, hija de un industrial alemán, mostró interés en el arte desde muy joven, pero tuvo que terminar su educación formal a los 16 años. A los 18, se casó con uno de los empleados de su padre, quien más tarde se haría cargo del negocio familiar. Su esposo, Anton Müller, fomentó sus inquietudes intelectuales, incluido su interés por el arte, un pasatiempo socialmente aceptable para las mujeres adineradas de la época.
"Si estabas casada en esa época, entregabas todo tu dinero y bienes a tu marido", dijo la curadora de la exposición, Renske Cohen Tervaert. "Así que fue de una mentalidad muy abierta de su parte, en cierto modo, permitirle seguir su sueño de esta manera".
Pero Kröller-Müller no coleccionaba como un pasatiempo. Ella se entregó al arte con una especie de fervor religioso.
Compró su primera pintura de Van Gogh en 1908 por 110 florines, aproximadamente el precio de un vestido exquisito, dijo Eva Rovers, su biógrafa. Cuatro meses después, compró su Cuatro girasoles marchitos por 4000 florines.
Los precios subían en gran parte porque ella compraba muchísimo.
La filosofía de coleccionismo de Kröller-Müller estuvo marcada en gran medida por el historiador del arte Henk Bremmer, con quien tomó una clase de apreciación artística, dijo Tervaert. Añadió que para Bremmer, el componente clave del buen arte era que hiciera sentir al espectador una emoción o experimentar algo espiritual.
Crédito: Ilvy Njiokiktjien para The New York Times
Kröller-Müller salió a buscar arte que conmoviera su espíritu y encontró a Van Gogh.
Rovers dijo que Van Gogh no gozaba de buena reputación a principios del siglo XX. "Si el público en general siquiera sabía quién era, en realidad lo consideraban un loco que no sabía pintar", dijo. Pero como Van Gogh había sido predicador antes de convertirse en artista, Kröller-Müller lo consideraba un hombre que había encontrado una conexión con la fe a través de su arte.
"Ella entendía su deseo de trascender el sufrimiento, y su objetivo de usar el arte para trascender el sufrimiento", dijo Rovers.
Mientras la mayoría de los coleccionistas en los Países Bajos compraban a los viejos maestros y pintura neerlandesa del siglo XIX, Kröller-Müller se centró en el cubismo, el puntillismo y los artistas del De Stijl, incluidos Piet Mondrian, Fernand Léger y Pablo Picasso.
La obra de Van Gogh dominó la colección por una sencilla razón, dijo Rovers: él "estuvo en la cuna de los inicios del arte vanguardista". Kröller-Müller creó una colección, añadió Rovers, "que pudiera mostrar la amplia variedad de su obra: paisajes, retratos, paisajes urbanos".
A finales de la década de 1930, mientras Europa se acercaba a la Segunda Guerra Mundial, la salud de Kröller-Müller iba en declive, junto con la fortuna de su familia.
Decidió ofrecer su colección de arte, valorada en unos 4 millones de florines en ese entonces, junto con una propiedad familiar en el bosque de Veluwe, al Estado neerlandés, siempre que este aceptara construir un museo para exhibirla. Imaginó el museo, con un jardín de esculturas de 25 hectáreas, como un lugar de retiro para la reflexión espiritual y filosófica.
El resultado fue un inusual tesoro en un remoto bosque neerlandés --ahora un parque nacional-- construido en torno a su colección.
El Museo Van Gogh en Ámsterdam tiene más de 200 pinturas, pero su acervo tiene una historia diferente: se estableció para mostrar la colección de la familia Van Gogh, que poseía las obras no vendidas del artista. El Kröller-Müller representa el ojo de una coleccionista.
"El Museo Van Gogh es simplemente lo que sobró", dijo Tempel. "Esta es una colección elegida".