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Darío Barassi y el costo de querer llegar a todo: “Mi cuerpo es lo que menos escucho”

Darío Barassi está en un momento de cambios. Mientras acaba de estrenar Gutiérrez is my name, la serie que protagoniza para Disney+, atraviesa una etapa personal marcada por un duelo que lo obli...

Darío Barassi y el costo de querer llegar a todo: “Mi cuerpo es lo que menos escucho”

Darío Barassi está en un momento de cambios. Mientras acaba de estrenar Gutiérrez is my name, la serie que protagoniza para Disney+, atraviesa una etapa personal marcada por un duelo que lo obli...

Darío Barassi está en un momento de cambios. Mientras acaba de estrenar Gutiérrez is my name, la serie que protagoniza para Disney+, atraviesa una etapa personal marcada por un duelo que lo obligó a frenar y revisar algunas cosas. “Quiero dejar de ser Darío un rato para descansar la cabeza”, reconoce.

En la ficción interpreta a Gutiérrez, un hombre que se convence de que puede evitar la Tercera Guerra Mundial con pocos recursos y una enorme determinación. El desafío actoral fue salir de los personajes que suelen quedar cerca de su propia personalidad. El director Jesús Braceras se lo dejó claro desde el comienzo: “Barassi, acá nada”.

La muerte de su mamá, después de una enfermedad rápida y agresiva, también modificó su manera de mirar la vida. Tras más de dos décadas con la misma psicóloga, decidió cambiar de terapeuta y empezar otro proceso. Hoy asegura que está más estable y conectado con el presente, aunque todavía trabaja sobre la exigencia, el control y la obsesión.

En pareja desde hace 17 años con Lucía Gómez Centurión, padre de Emilia (7) e Inés (4), reconoce que la paternidad también lo obligó a bajar un cambio. Intenta aprender a estar con ellas sin convertir cada encuentro en un espectáculo, mientras empieza a ocuparse más de su cuerpo y de sus propios límites. “Mi cuerpo es lo que menos escucho, lamentablemente”, admite en esta charla con Infobae.

—Me encanta que estés acá y me encantó Gutiérrez.

—Ay, qué bueno. Estoy chocho. Me llegó un personaje que me saca totalmente de eje, que me corre del molde y me hace actuar de verdad. Demasiados desafíos en uno y, además, me llegó en un momento en el que lo necesitaba. Fue un placer meterme en el universo de Gutiérrez.

—¿Por qué lo necesitabas?

—Venía atravesando todo el quilombo del duelo de mi vieja y necesitaba salir un rato de mí mismo, pero no estaba pudiendo. Entonces aparece Gutiérrez y son tres meses de: hay que pelarse, me pelo; estoy lleno de barro en las uñas y en las orejas, vamos; hay que meterse en el Conurbano profundo, vamos. Quiero dejar de ser Darío un rato para descansar la cabeza y que el canal creativo vaya para algún lado, y pude poner todo acá. Por eso este estreno significa mucho para mí: son ocho capítulos de 32 minutos cada uno, para que maratoneen, lo di todo, espero que les guste.

—También fue un reencuentro con el actor.

—Siempre. Trato de acomodar mis años entre la conducción y algo actoral: una película, una serie, dos o tres funciones de teatro. Algo actoral tengo que hacer porque, si no, no meto al actor y me quedo medio vacío.

—Me gustó esta idea de dejar de ser Darío Barassi un ratito, porque en la conducción sos vos.

—Sí, ese fue el gran desafío porque conduzco y soy Barassi siempre, 24/7. Me llegan muchos proyectos en los que el personaje termina siendo muy parecido a mí: un papá copado, un amigo gracioso, uno que no tiene éxito en la vida amorosa. Son teclas que me quedan cercanas, pero esta no. Me agarró Jesús Braceras, que es el director, y me dijo: “Barassi, acá nada”. Salí de ese café pensando: lo puedo hacer, lo tengo que hacer. Aunque tuve mis dudas.

—¿Cómo fue que te dijeran “Barassi, acá nada”?

—Cuando lo escuché me di cuenta de que necesitaba escucharlo. Fue desafiante. Volví a leerlo, lo hablé con mi mujer y trabajé con una coach actoral, Dalia. Necesitaba encontrar qué me unía a este personaje y por dónde entrar. Gutiérrez es ambicioso: de repente se le aparece la posibilidad de evitar la Tercera Guerra Mundial y despliega lo que no tiene para convertirse en ese héroe. Hay algo de eso que me resonaba.

—Los otros son profesionales e impecables y Gutiérrez es “lo atamos con alambre”, pero está convencido de que va a frenar la Tercera Guerra Mundial.

—Él está convencido. Me encanta esa cosa argentina y bonaerense de que acá con poco hacemos mucho. Es histórico nuestro. Con todos los quilombos, de repente ganamos Copas del Mundo, tenemos películas premiadas, deportistas, artistas. Tenemos con qué. Gutiérrez is my name muestra que esa argentinidad al palo no es una ficción. Hay con qué; solamente hacen falta cabezas despiertas.

—Y podemos pelearnos entre nosotros, pero que no se meta uno de afuera a criticar.

—Olvidate. Nos unimos todos. En la serie también pasa que somos un equipo, creemos en la causa. Me gusta esa cosa de equipo en la serie y en la vida.

—¿Tuviste un doble de riesgo?

—Sí. Había un gordo divino que me hacía el aguante porque soy muy vertiginoso. Todas las escenas en altura, precipicios, edificios o puentes muy altos intenté hacerlas, pero hasta donde podía. Había momentos en los que decía: “La estoy pasando demasiado mal, ayúdenme, quiéranme un poco”. Así que tenía un doble para las escenas más complejas. También para una moto que intenté hacer, pero el equilibrio no me acompañaba. El resto le puse el cuerpo.

—¿Para qué pondrías hoy un doble en tu vida?

—Me vendría muy bien porque me falta tiempo. No sé cómo hacer para estar en todos lados: en mi casa, trabajando, en el colegio de las chicas, descansando, en yoga. Quiero hacer todo a la vez y no me da el tiempo. Estoy en ese proceso de ver cómo jerarquizo. Ser Barassi implica mucha responsabilidad y carga horaria. Ser padre, marido, amigo, y en el medio está mi cuerpo, que también tengo que cuidar. A veces le pido a la vida más horas y no aparecen.

—¿La estás pasando bien?

—Sí. Soy un tipo que, por lo general, camina del lado soleado de la vida. Soy alegre, me gusta pasarla bien y me gusta mucho mi vida. Tengo una familia que me llena de orgullo, una mujer que es equipo y dos hijas que son increíbles. Trabajo de lo que me gusta, me va muy bien, puedo darme gustos, vivo en una casa a la que me gusta llegar y puedo hacer escapadas con mi familia. No puedo hacer más que agradecer la vida que tengo, porque es una vida bárbara. El costo a veces es un poco alto.

—¿Y la exigencia no es un montón?

—La exigencia es un montón, pero yo soy exigente.

—¿Por qué?

—No sé. Estoy tratando de ver cómo ser un poco menos exigente conmigo, con mis hijas, con mi carrera. No sé dónde estoy chipeado de esa manera. La exigencia, el control y la obsesión son pinceladas que me definen y estoy viendo cómo regularlas. Ya entendí que soy así, tengo 42 años, no soy un pibe de 25 tratando de ver cómo quiere ser. Quiero que esto no sea patológico, que no reste y que sume.

—Yo soy muy fanática de los cumpleaños de tus hijas. Y vos estás en cada detalle: desde cómo está doblada la servilleta y si está combinada con el globo que está a dos cuadras.

—Como tiene que ser, sino me muero. Soy insoportable. Hay una productora que en un momento me dijo: “Hasta acá te acompaño porque sos un faso”. Era una capa y producía bárbaro los cumpleaños. Ahí dije: voy a tener que frenar un poco y confiar en que otros saben más. Pero llego dos horas antes y hago un 360: “Esta pared está pelada, ¿por qué no ponemos unos globos acá?”. El equipo ya me conoce y me banca

—¿Te bancas no darles el gusto en algo?

—No me lo banco, siento que quiero darles todo y es un ejercicio grande porque en el fondo también es mi locura. Pienso: “Me voy a morir, les quiero dar todo ahora. Mirá si es mi último cumpleaños con mis hijas”. Soy de dar mucho, soy abastecedor de cualquier necesidad de alguien que me genere empatía o cariño. Me cuesta jerarquizar.

—Se juntan el papá, el controlador, el que se angustia y el que les quiere dar todo. ¿Aparece el fantasma en serio de no estar para ellas?

—No tan dramático. Me gusta que tengan una infancia espectacular, pero no lo asocio solo con lo material, también con estar. Yo no sé estar con mis hijas tranquilo, y eso es un tema. Llego y pongo música al palo, me pongo una sábana, bailo, las cazo, las escondo. Ahora, como estoy haciendo otro tipo de terapia, estoy tratando de bajar un cambio: también podemos tirarnos a ver una película, pintar o preparar un bizcochuelo. Antes era llegar y hacer un show gigante.

—Lu debe llegar a tu casa y decirte: “Bajá un poco la excitación, después hay que dormirlas”.

—Obvio. Me dice: “Gordo, son las ocho, ya está, hay que bañarlas”. Pero para bañarlas hago cascada de espuma, el sapo que habla, fiesta, no lo puedo evitar, pero termino muerto. Lo que pasa es que estoy dos horas con ellas y quiero darles todo lo que no les di en todo el día. Ahí es donde me mata.

—Como sos gracioso y un gran remador, no sé si es 100% real lo que me estás diciendo.

—Es 100% real. Llego a la puerta de mi casa, estaciono, suspiro, abro la puerta y, de seis a ocho, soy Topa: canto, bailo, me disfrazo. Ellas son re artísticas las dos: bailan, cantan, saltan. Emi ya no se copa tanto con el show, se va a su cuarto y compone canciones.

—¿Te escribió alguna?

—Sí. Anoche me quedé a dormir acá en el centro porque no llegaba a ir y volver. Estaba enojada y me escribió una canción que se llamaba “Odio a mi padre”. Intensa. Me dijo que cuando llegara me la iba a cantar. Hizo la música y la letra. Estoy ansioso por escuchar “Odio a mi padre” porque una noche me quedé a dormir en el centro.

—¿Vos le dijiste lo indignado que estabas cuando ella se fue de pijamada?

—Estoy de vuelta con ese tema, no hay más pijamadas. La dejé una vez y no puedo, tiene siete años, por ahora duerme en casa. Parezco copado, pero también soy un gede.

—¿Ella primero iba a pijamadas pero no se animaba y la tenías que ir a buscar?

—Nunca me pidió que la fuera a buscar, pero podía despertarse de noche y pedir ayuda a algún adulto para volver a dormirse. Entonces le dije: “Al pepe, ¿por qué te va a dormir la mamá de una amiga?”. Aunque fueran familias de muchísima confianza. Así que hacemos prepijamada: la paso a buscar a las once y, si quiere estar en el desayuno, la llevo temprano. Ahora estamos negociando con la madre que empiece a dormir en casas dentro del barrio.

—La madre dice que sí.

—La madre está más accesible. A mí me cuesta irme a dormir y que no estén ahí.

—¿Se pasa de cama?

—Tiene horarios. Si es antes de las cinco de la mañana, vuelve a su cama. Después de las cinco, puede quedarse.

—¿Y con Inés?

—Inés hace lo que quiere, llegó a nuestras vidas para demostrarnos que las reglas son las que pone ella. Una vez entro a mi cuarto, piso algo, pienso que es una almohada y la veo tirada en el piso. Le digo: “No podés pasarte a mi cama”, y me responde: “No estoy en tu cama, estoy en el piso. Y quiero agua”. De repente me encuentro dándole agua y permiso para acostarse en la alfombra, que era mejor que el piso. Y ahí se durmió. Después la pasé a su cuarto, obvio, pero ella es así.

—¿Quién de las dos es la que escribió que se iba a vivir a Europa porque tiene ciudadanía?

—La más grande. Se quiere ir con Pachu, su mejor amiga, cuando termine el colegio.

—¿Y qué le dijiste?

—Que por qué. Me dijo: “Porque vos sos el señor no, me decís no a todo”.

—No pareciera.

—Soy un gede. Con el colegio, con el orden, soy estricto.

—Sos muy fanático del orden. ¿Te pintaron alguna pared?

—Sillones y sufro. Lo primero que hago cuando entro a mi casa es mirar el rayón que todavía no puedo sacar y no quiero ponerle una funda porque el sillón es muy lindo. (Risas.) Me voy a acostumbrar.

—¿Por qué cambiaste de terapeuta?

—Hacía terapia con la misma psicóloga desde los 18. La muerte de mi vieja fue un cimbronazo y sentí que ese proceso me había ayudado mucho, pero necesitaba cambios. Necesité Gutiérrez, cambiar de psicólogo y escuchar otras cosas.

—¿Con qué Darío te encontraste después de la muerte de tu mamá?

—Estoy más introspectivo. Pasaron dos años y creo que el duelo está elaborado, convivo bastante mejor con su ausencia, porque fue muy shockeante, una enfermedad rápida y agresiva. Mi vieja recién empezaba a ser abuela de mis hijas y se había mudado al barrio para estar cerca, había un proyecto de vida que estaba empezando y todo eso se cayó. Yo no tengo papá, así que fue medio quedar huérfano. También fue perder San Juan, porque durante mucho tiempo llevaba a mis hijas a la casa de mi vieja. Fueron demasiados duelos juntos y se me armó un quilombo en la cabeza, es un cachetazo emocional de la vida al que hay que ponerle el cuerpo y transitarlo.

—Yo a mi vieja la extraño siempre. Se murió hace 10 años y la sigo extrañando.

—A mí me sigue pasando. El fin de semana estuve en San Juan y fui al cementerio, le conté de las pibas. Además, la más chica se parece mucho físicamente a mi vieja y eso me hace acordar. Ahora estoy en un duelo elaborado y en proceso de valorar qué sí y qué no en la vida: la obsesión, el control, la exigencia. Vivir un poco más tranquilo y disfrutar las cosas cercanas.

—¿Le pudiste decir a tu mamá todo lo que querías?

—Tuve la suerte de que fue un cáncer bastante terminal, pero durante el último año pudimos acompañarla y hablamos muchísimo. De lo bueno, de lo malo, del futuro, del pasado.

—¿Ella sabía?

—Sí. En el período más terminal ya no estaba tan conectada, así que simplemente la acompañábamos y le decíamos las cosas que queríamos decirle sin esperar respuesta. También fue parte del proceso de la despedida.

—Y darle permiso para que se vaya tranquila.

—Sí, ya era hora. Cuando pasó, en algún punto, se sintió como un alivio. Era: “Ya está, pobre, basta. Liberate”. Hasta hoy me duele, pero con mis dos hermanos y mi mujer le pusimos mucho el cuerpo. El cáncer es una enfermedad compleja, pero lo vivo como un año gratificante en el sentido de que pude cerrar mil temas con mi vieja, la pude ver abuela y me quedo con lo positivo. Hablamos de todo: de mi viejo, de mis hermanos, de cosas críticas que habían pasado durante nuestra convivencia, mil temas de madre e hijo.

—¿Del gordo pero sexy?

—Gran remera que me llevó el día que me recibí y aún la tengo. Mi vieja me rompía los huevos con que fuera abogado y me acuerdo de lo contenta que estaba ese día. Me trajo la remera chica para que me quedara chica y boludearme (risas). Si soy medio bicho y aparato de algún lado lo saqué.

—¿Cómo estás con ese proceso introspectivo? ¿Apareció el disfrute de parar y mirar?

—Hubo un freno obligado. Fue una piña. Me perdí, me angustié mucho, estaba desencajado. Y tenía que seguir trabajando porque me acababa de mudar. Ese año me costó bastante hacer el programa, solo hice eso porque no me daba el cuerpo para mucho más. Hoy me siento mucho más estable y conectado con el presente, con lo que tengo, que es bárbaro.

—¿Te sale?

—A veces sí, a veces no. Estoy aprendiendo a abrazar que soy así y dejar de estar enojado con mi naturaleza. Tenía programada mi vida dos años antes y ahora digo: dejemos algo librado al azar, vamos viendo qué tenemos ganas de hacer. Mi mujer me ayudó mucho con eso porque es bastante más sana que yo.

—¿La paternidad no acomodó también algo de eso?

—La paternidad me corrió de eje, dejé de mirarme tanto a mí mismo que me miraba mucho. Y, aparte, por más que tengas todo estructurado, aparece una tirada en el piso pidiéndote agua y se caen todas las reglas de cómo educar, simplemente querés levantarla, darle un beso y listo.

—Te propongo un juego para el Darío controlador. Quiero saber qué hacés ante algunas situaciones. Tu hija está triste por algo que vos no podés solucionar. ¿Qué hacés?

—Mi tendencia natural sería evitar el sufrimiento. Diría: “Vamos a andar a caballo, vamos a pasear”. Ahora estoy tratando de hacer otra cosa: “Ok, hija, lloremos juntos, entiendo que estés triste, está bien llorar”. Le daría lugar a esa emoción.

—Me gusta este Darío maduro, por favor.

—Evolucionado.

—Un programa tuyo fracasa. No hay un culpable. ¿Qué hacés?

—Le pongo el pecho, pero me cuesta. Por suerte tuve una carrera muy bendecida y casi todo funcionó. Salvo un experimento con Dalia Gutmann en Canal 9, 90 días o menos. Hacíamos 0,1 de rating. El productor ejecutivo nos decía “0,0” y nos pusieron una rayita en el rating. Duró 37 días, no llegamos a los 90. Fue un aprendizaje igual, entendí que no bastaba con hacer televisión simpática o tener buenas ideas: había un universo de producción, estructura y de contar algo que también era necesario para que un programa funcionara.

—Pero mediocre en nada, no te lo bancás.

—Me cuesta. Fui abanderado en primaria y secundaria y me recibí con diploma de honor en la Facultad, pero si toca el fracaso, que venga. Lo abrazo.

—Luli toma una decisión familiar distinta de la que hubieras tomado vos. ¿Qué hacés?

—Ah, no. Sí, lo tengo que aceptar. Hago el esfuerzo, pero tiro darditos. Con las vacaciones, por ejemplo, ella es más de fluir y ver dónde vamos. Yo quiero ordenar: tal día, tal lugar, tal hora, tal comida. Pero de a poco voy negociando.

—Tu hija te dice: “Esto no te lo voy a contar”.

—Ay, le leí el cuaderno. Emilia tiene como un libro y se lo leo a veces. Muy pocas veces lo hago porque ya me vio una vez y me dijo papá, basta. Estoy empezando a respetarla, porque tiene siete años y por momentos es muy adulta en sus planteos y en cómo marca sus espacios. Ahora aprendió que puede cerrar la puerta de su cuarto, escribir y no mostrarte lo que escribió.

—Vos sabés que un día va a caer con un novio ¿no?

—No quiero hablar del tema: sigamos o me voy de la nota.

—Tu cuerpo te pide parar justo cuando te ofrecen un proyecto que estabas esperando.

—Ese es al que menos bola le doy. A mis hijas y a mi mujer las escucho más. A mi cuerpo le exijo: no tengo voz y tengo que seguir, me duele la cintura y tengo que seguir. Es la cuenta más pendiente de la que tengo que ocuparme en algún momento.

—¿Te estás cuidando un poco?

—Me estoy tratando de cuidar un poco, pero no lo suficiente. Tengo un cuerpo que no es sano, por más que los análisis me den bien y que pueda aguantar. Este psicólogo al que voy ahora me da durísimo con ese tema y me encanta, porque hasta ahora no lo había enfrentado tanto. Algo tengo que hacer, me tengo que ocupar porque aparte pretendo vivir mucho tiempo, me gusta mucho vivir y siento que con un cuerpo así es quitarte años de vida.

—Hacés muchos chistes con el tema.

—Convivo bien con mi gordura, hago humor con ese tema y soy un tipo que, a pesar del cuerpo que tengo, entreno, hago tenis, me casé con la mujer que amo, soy padre, trabajo.

—No te limitó en nada.

—Por suerte no, pero empiezan a pasarme cosas que antes no me pasaban: quiero jugar al tenis y me duelen las rodillas; me caigo y me duele el ciático. No tengo el cuerpo de los 25, ni la fuerza de antes, y es un tema del que me tengo que ocupar. Agarré un clínico especialista en obesidad y empecé a entrenar tres veces por semana. Todavía no veo muchos resultados y eso me preocupa.

—A veces hay que dejar de trabajar un poco, parar.

—También pienso eso. Duermo muy poco, cuatro o cinco horas por día, y eso es un desastre. Cuando quiero abarcar tantas cosas termino sin abarcar nada. El entrenamiento tres veces por semana ya es un check. El médico especialista en obesidad, otro check. Ahora tengo que ver cómo dormir porque no aguanto más.

—¿Estás tomando algo?

—Sí, alguna cosita para la ansiedad, para estar un poco más tranquilo y me ayuda. Mi cuerpo es lo que menos escucho, lamentablemente.

—Un director te dice: “No quiero nada de Barassi en este personaje”

—Fue lo que pasó ahora, el director me decía: “No, menos. Menos. El ojo, la ceja, la oreja, la mano abajo, el gesto”. (Risas). Era como “bueno Jesús, ¿qué querés que haga? Hablo así, hermano”.

—Lo odiaste.

—Lo odié y lo amé. Ahora cuando lo veo digo: “Te amo”. Y cuando veo las barassiadas digo: “No tendrían que estar”.

—Alguien que querés está sufriendo y no quiere que lo ayudes.

—Me cuesta que me digan que no. Tengo que encontrar la manera de ayudar. Pero si me dice que no, trataría de respetarlo o manipularía para que otra persona pueda ayudarlo.

—Te levantás un día sin ganas de ser gracioso, productivo, buen padre, buen marido ni buen conductor. ¿Qué hacés?

—Manejo. Me voy a Areco. Lo hago bastante. Hay un lugar que me gusta, paro, me como un sándwich de jamón crudo y queso, pongo música. El auto es un refugio.

—¿Qué escuchás?

—De todo. Adele, Belle, música de los 80, música de cuando era pendejo, folclore, música clásica. Tengo playlists según el estado de ánimo para cuando voy solo en el auto. Está “Románticos” que es medio suave, tiernito; “Tranqui” que es cuando necesito un respiro, y “Corchazo”, que es cuando estoy en un pozo depresivo absoluto, muy dramático. Areco directo escuchando “Corchazo”, que ahí están Aristimuño, Adrián Berra, Radiohead. Cuando estoy mal, estoy mal. Me gusta estar mal. Hay que llorar ahí un rato.

—¿“Románticos” es para la salida con Luli?

—No, esos son mis momentos solo en el auto. Con ella tenemos una que se llama “Lu”, que es la que compartimos y esa va bien.

—¿Había un adolescente que lloraba frente al espejo?

—¡Es la misma mecánica! Me hiciste acordar: antes podía estar horas en el baño frente a un espejo y ahora es en el auto.

—¿Es verdad que en un camarín te encontró una empleada porque te quedás horas en el baño?

—Me quedo horas, porque después de grabar dos programas, cada uno de dos horas, quedo vacío. Entonces viene al camarín mi vestuarista Lula Torres, me saca el traje y me quedo media hora tirado en la cama un poco muerto, no me pidan nada. Una vez fui al baño, me senté y una empleada entró para limpiar el camarín, pensó que no estaba pobre mujer. Yo estaba en paños menores, sentado en el inodoro, pero ni siquiera haciendo mis necesidades: estaba en pausa. Y abrió la puerta, me vio y ni pude reaccionar. Le dije: “Hola”. ¿Qué querés que haga? Estoy muy cansado.

—Igual es algo muy del hombre quedarse en el baño una hora.

—No sé por qué nos gusta tanto. Es íntimo, fresco, relajado, nadie te jode. Soy fanático, tengo ocho baños en mi casa.

—¿En serio?

—Hice ocho baños. La cocina es una, eso es lógico. Lo ilógico son los baños. El de mi cuarto es inmenso, amo estar ahí. Lo mío es el inodoro, ese trono, amo ese lugar.

—Le escribís unas cosas tan lindas a Lu que imagino te perdona todo.

—Ella ya está hinchada los huevos de tantas cartas de amor. No le alcanza. Es como: “Escribí menos cartas y andá a buscarlas vos a comedia musical”. Y tiene razón.

—¿Hay cartas fuera de Instagram?

—No escribo a mano, pero digo un montón y escribo por WhatsApp. Soy muy demostrativo, y a Lu la admiro y la respeto: es una gran madre, lo da todo por las chicas, además de tener una empresa y trabajar.

—Si le pregunto en qué momento te quiere echar de casa, ¿qué me va a decir?

—Más de una vez por día. Soy un fasito. Así como me ama, también está agotada. Además son muchos años: nos conocemos desde los 18, estamos de novios desde 2009 y nos casamos en 2015.

—¿No hay una renovación de votos para 2029?

—¿Por qué no? Queríamos celebrar los 10 años de casados, pero pasó todo lo de mi vieja y quedó postergado. En algún momento haremos una fiesta. Tenemos una familia espectacular y seguimos juntos, que no es poco.

—Te gustan las fiestas y sos extremadamente organizado. Tenés tres años hasta 2029. ¿Sabés el fiestón que podés hacer?

—Me encanta celebrar. Ahora me voy a tener que anotar la tarea de organizar esto.

—Te arruiné. ¿Tenés aplicaciones para hacer listas?

—No, bloc de notas y agenda de papel. Me gusta la cosa tradicional. Me gusta tachar con la lapicera.

—¿Disfrutás que la gente te quiera?

—A mí me gusta mucho sentirme querido. Tengo la suerte de que, en general, me quiere mucha gente, son pocos los que me tiran “gordo forro” por la calle.

—¿Usás el humor para salir de las situaciones incómodas?

—Uso el humor para todo en la vida, a veces funciona más y otras, menos. Hay temas en los que ya no aplica, pero es un buen recurso. Lo tengo muy a flor de piel: es mi carta, mi espada.

—Siempre uso como anécdota un canje tuyo que me contaste: unos baños.

—Hice un canje de baños químicos en los que ya se podían hacer necesidades sólidas, eso es lo que había que contar. Y usé a Chatruc para mostrarlo.

—Ah, esa parte no me la contaste.

—“¿Estás en una fiesta y tenés una necesidad sólida? Ahora podés porque gracias a arroba...”, y aparecía José. (Risas.) Bueno, por lo menos tuve la dignidad de no ser el modelo de necesidad sólida.

—Un santo Chatruc.

—Un santo, igual era la fiesta de los dos y yo me había ocupado de todo.

—Vos dijiste: “Yo lo conseguí, vos lo actuás”.

—Claro hermano, yo lo conseguí, vos lo actuás. Hagámoslo equilibrado.

—¿Qué querés que venga, además del éxito de Gutiérrez?

—Quiero que venga el éxito de Gutiérrez porque realmente dejé todo ahí. Y quiero que mis hijas crezcan sanas y radiantes, como vienen hasta ahora, y poder disfrutarlas con Luli a morir. Tengo un presente del que estoy muy agradecido. Laboralmente ya tengo una proyección de los próximos dos años y estoy muy satisfecho.

—¿Cómo sabés cómo se vienen los próximos dos años?

—Estoy hablando para una obra de teatro en 2028. En 2027 ya está todo cerrado. Soy ordenadito.

—¿Musical?

—Sí. Tengo que ver si la hago porque me cuesta el tema del teatro con las criaturas pequeñas. Me cuesta irme de casa a la tarde. Pero, al ser infantil, por ahí puedo meterlas y que lo vivan desde adentro.

—¿Y año que viene conducción?

—Sí, estamos terminando de pulir qué porque es la cuarta temporada de Ahora caigo y pensamos que iba a ser la última, pero de repente tirás ocho puntos de rating y hay que ver qué hacer. Siempre también están las puertas abiertas para el prime time de El Trece por si queremos probar algo, así que la tele va a estar. También tengo una obra independiente que estoy empezando a leer con Tenconi y Mariano Saborido, y quiero ver en qué momento hacerla. Y me voy a hacer una película con Viole Urtizberea en octubre a Uruguay.

—La parte de parar, no.

—No. La parte de parar y cuidar el cuerpo me cuesta.

—¿Otro hijo?

—No, eso está cerrado, ya estamos los cuatro. Las dos niñas están bárbaras, están sanas y es un buen momento para cerrar. Soy hacedor de niñas, igual me queda una mini duda de qué me hubiese pasado con un varón, pero disfruto mucho ser papá de niñas y estamos muy bien. La familia está formada.

—Por ahora, vamos con Gutiérrez is my name.

—Por favor, todo el mundo a verlo.

—Son ocho capítulos para maratonear y viene bien reírnos.

—Sí. Espero que la gente entre en ese código porque está hecha para eso. Y que se rían. También está para eso: para tomarnos un recreo de la realidad. Por más que la serie trate un poco sobre cómo son las cosas en Argentina, es un buen momento para pasarla bien con un caso policial que te mantiene intrigado.

—Gracias por venir. Yo sé que estás matado, pero lo das todo siempre.

—Sí, hoy me costó un poco. Estoy cansado, pero fue un placer venir.

Fuente: https://www.infobae.com/reportajes/2026/08/30/dario-barassi-y-el-costo-de-querer-llegar-a-todo-mi-cuerpo-es-lo-que-menos-escucho/

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