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De las de antes: llegó de Calabria en el 52 y junto a su familia sigue al frente de la rotisería que conquista con sus platos caseros

Casi en la esquina de Charcas y Humboldt, en Palermo, custodiado por una bella Santa Rita en flor, hay un local que parece detenido en el tiempo. En el horario del mediodía se llena: desfilan ofic...

De las de antes: llegó de Calabria en el 52 y junto a su familia sigue al frente de la rotisería que conquista con sus platos caseros

Casi en la esquina de Charcas y Humboldt, en Palermo, custodiado por una bella Santa Rita en flor, hay un local que parece detenido en el tiempo. En el horario del mediodía se llena: desfilan ofic...

Casi en la esquina de Charcas y Humboldt, en Palermo, custodiado por una bella Santa Rita en flor, hay un local que parece detenido en el tiempo. En el horario del mediodía se llena: desfilan oficinistas, transeúntes y habitués en busca de platos caseros, como los de antes, para saciar el hambre. Detrás del mostrador, con el ritmo de una gran orquesta, la familia Ricci, despacha sus especialidades con el mismo amor desde hace más de cuatro décadas. Marchan, sin pausa, tortillas, croquetas, sándwiches de milanesas, pastas, empanadas y un delicioso tiramisú, una de las estrellas de la casa.

“Atendido por sus dueños”, anuncia un cartel en la rotisería “La Tana”. Todo empezó en 1982, en un pequeño local a la vuelta del actual, sobre la calle Humboldt. “Al principio arrancaron mi abuela paterna, María, de ahí el nombre, y mi mamá Susana. Hacía años que venían trabajando juntas en distintos locales”, rememora Alejandra Ricci. Antes de incursionar en el rubro de la rotisería tuvieron una peluquería en el barrio, un local de artículos de limpieza y un kiosko. María es italiana y actualmente tiene 95 años. Llegó a Argentina en 1952 desde Calabria y trajo bajo el brazo el amor por la cocina y la mesa compartida. El nuevo emprendimiento se dio casi de manera natural. Arrancaron con unos pocos platos: pizzas, empanadas, pastas y carnes al horno. Y como todos eran caseros y abundantes, rápidamente conquistaron a los paladares más exigentes de la zona.


Un apodo que los clientes convirtieron en el nombre del local

“El nombre “La Tana” también se dio solo. Nunca tuvieron nombre en el local y los clientes, cariñosamente, empezaron a decirle así y quedó”, cuenta Ale. Lo mismo pasó con su papá, Juan, a quien muchos conocen simplemente como “el tano”. La rotisería creció con el boca a boca. La nonna María y Susana se encargaban de la cocina y Juan de la atención al público. Así, a paso lento, pero firme, se fue armando el emprendimiento familiar.

En 1986 llegó la mudanza definitiva. La familia alquiló una antigua casona, donde había funcionado una fábrica, en la calle Charcas 5015. Con mucho cariño la reformaron y la transformaron en su hogar y negocio en el frente. “Era una casa muy vieja y totalmente destrozada. Poco a poco la fueron armando”, recuerda. En ese entonces, el barrio también era otro. “Charcas era doble mano y una calle muy tranquila. Jugábamos en la vereda. Cuando llegábamos del colegio, nos poníamos a trabajar con mi hermano en el negocio. Todos los clientes nos conocen desde que nacimos ya que vivimos ahí desde ese momento”, cuenta, emocionada.

“La mayoría de los clientes nos conocen desde que nacimos”

Alejandra y su hermano Sebastián se criaron en el negocio. A los niños curiosos les encantaba observar en la cocina cómo preparaban cada una de las recetas de herencia. Arrancaron aprendiendo las tareas básicas y pasaron por todos los sectores. “Trabajo en el local desde que tengo memoria. La mayoría de los clientes nos conocen desde que nacimos. Arrancamos pelando papas y armando las cajas para las pizzas. Cuando llegaba del colegio me sentaba en la caja registradora a cobrar. De más grande empecé a atender y cocinar. Desde los 17 años arranqué sin parar, pero creo que toda la vida trabajé acá”, dice, entre risas. Años más tarde, para perfeccionarse, estudió gastronomía en el IAG. Para Alejandra, su lugar en el mundo es la cocina. “Es hermoso hacer algo con tus manos y que la gente lo disfrute tanto. Es un orgullo cuando ves que pasan los años y la gente sigue diciendo que les encanta la comida. Cuando veo las reseñas del local no lo puedo creer. Nunca hicimos publicidad. De hecho, es la primera vez que contamos nuestra historia. Creo que nuestra mejor publicidad es hacer las cosas bien. Nos encanta lo que hacemos. Y creo que se nota mucho a la hora de atender”, expresa.

“Nos sentimos cómodos trabajando en familia”

Aunque muchas veces les propusieron abrir sucursales, expandirse por distintos barrios y crecer, la familia jamás lo aceptó. A los Ricci les gusta estar detrás de cada detalle. “Nos sentimos cómodos trabajando en familia. Durante años, trabajaron jornadas maratónicas. Mis papás trabajaban todos los días de 8 a 23 horas. Son laburantes y les gusta mucho el trato con los clientes”, agrega. Hoy, con sus 73 años, empezaron a delegar muchas tareas, pero siguen ahí al pie del cañón. Él, atendiendo a su fiel clientela y ella cocinando algunas de sus especialidades. Su legado está en cada receta. “Mi mamá hace las mejores pizzas del mundo. Otra de sus especialidades es el tiramisú”, dice.

La carta escueta de los comienzos fue cambiando con los pedidos de los clientes del barrio. El menú se adaptó al ritmo de las oficinas: con tartas, milanesa napolitana, sándwiches, tortillas, buñuelos de verdura y ensaladas. Pero hay algo que no cambió: las porciones generosas y la obsesión por la calidad. “Siempre fuimos muy estrictos con eso. No nos importa vender barato para que venga más gente. Solo priorizamos la calidad de la materia prima. Comemos lo que vendemos y somos muy exigentes”, dice.

Una de las estrellas de la casa son los milanesas: la clásica o la napolitana. También en versión sándwich acompañado con papas fritas. Todas son gigantes y bien suculentas. “Siempre nos caracterizamos por las porciones para compartir”, reconoce. Con el tiempo, a pedido de los clientes, sumaron opciones individuales más pequeñas para el horario del almuerzo de las oficinas. También hay croquetas de papa, arroz y calabaza con abundante muzzarella; tartas desde la clásica de jamón, huevo y mozzarella, espinaca y hasta de puerro; tortillas y empanadas al horno y fritas. Estas últimas son muy afamadas en el barrio. De postre, en el podio está el tiramisú con una receta de familia.

A lo largo del tiempo, el negocio ha superado diferentes crisis económicas. Sin embargo supo adaptarse a los cambios del barrio y el gusto de sus clientes. Alejandra recuerda que era muy pequeña, pero que sus padres siempre cuentan la época de Alfonsín. “Trabajaban para pagar el gas. Al terminar el día no sabían si habían ganado algo o no por la inflación. Pero siempre se adaptaron. Trabajaban los siete días a la semana unas quince horas por día”, relata.

“Mi mamá nos enseño eso”

En una de las paredes hay un reloj que dice: “cocina con amor”. No es un slogan, es una forma de vida de la familia. “Mi mamá nos enseñó eso. Ella siempre cocina sin pensar en que va a vender. Ella cocina porque es su pasión”. Hace unos meses, se incorporó al equipo Ezequiel, uno de sus sobrinos, y decidieron agregarle el apellido familiar al nombre: “Los Ricci”. Una manera de marcar la continuidad. “Nos sentimos muy cómodos trabajando en familia. Somos muy unidos”, agrega orgullosa.

Por el mostrador de “la Tana” han pasado generaciones enteras del barrio y alrededores. “Es lo más lindo que tiene el local. Yo tengo 47 años y atiendo personas que me tuvieron en brazos mientras mi mamá atendía en la peluquería. A diario, recibo a chicos que vi nacer. Es increíble. A veces vienen hombres de 40 años a contarnos que venían al local de chiquitos y, cuando mi mamá los ve, se acuerda de toda la familia. Es hermoso nuestro trabajo”, reconoce. También se acercaron figuras del espectáculo, periodistas y escritores. Como Matías Martin, Nancy Dupláa, Julián Weich, Paula Robles, Dany Martin, Rubén Matos, Nora Perlé y Tato Young.

En tiempos donde todo parece efímero, la rotisería sigue firme al paso del tiempo y las modas. Como una casa abierta, donde siempre va a haber un plato casero hecho con mucho amor. “Es el local del barrio que siempre está. Somos esa familia que estuvo en la vidriera y todos vieron crecer”, remata emocionada. Afuera, la Santa Rita se prepara para una nueva estación: el otoño. Adentro, todo sigue igual.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/roitiseria-de-las-de-antes-la-familia-de-la-tana-conquista-a-oficinistas-y-habitues-con-sus-platos-nid21042026/

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