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Deseos imaginarios

El Presidente no mira la realidad. Tampoco sus colaboradores más cercanos. Aunque toda mirada es una interpretación, la visión de la cúspide libertaria, perdió novedad y atractivo. Quedó atra...

Deseos imaginarios

El Presidente no mira la realidad. Tampoco sus colaboradores más cercanos. Aunque toda mirada es una interpretación, la visión de la cúspide libertaria, perdió novedad y atractivo. Quedó atra...

El Presidente no mira la realidad. Tampoco sus colaboradores más cercanos. Aunque toda mirada es una interpretación, la visión de la cúspide libertaria, perdió novedad y atractivo. Quedó atrapada en un ideologismo básico, por momentos primitivo, camuflado de agresiones y desprecios. Javier Milei no deja de ser fiel a sí mismo: un personaje de coyuntura mediática que aprovechó el dislate de Alberto Fernández para llegar al poder, acompañado de un grupo pequeño de amateurs, que convencieron a la sociedad de que para administrar el gobierno no era necesaria la política. Una falsedad mayúscula que permeó en una sociedad que sobrevive a duras penas a los experimentos fallidos de sus dirigentes.

El primer mandatario cree que opera en una sociedad que piensa como él y que comparte sus visiones más profundas. Asume que sus ideas son mayoritarias y que las discuten solo sus enemigos políticos. Desconoce por ignorancia o exceso de ilusión, la complejidad de la sociedad que gobierna. Un defecto importante, dado el tamaño de los problemas que hay que abordar en los tiempos que corren.

El líder libertario desea en su fuero íntimo poder hegemónico. Su deseo megalomaníaco es lograr unanimidad y aceptación definitiva. Y eso lo revelan sus actitudes con el periodismo, el desprecio con que trata a quienes discuten totalmente o con matices sus puntos de vista y, más puerilmente, en la protección de sus colaboradores más cuestionados.

Desde su mundo de redes, ajeno a personas reales y refugiado en la artificialidad de los espacios de poder, escribe y escribe, un torrente de vulgaridades impropias de su cargo. Su lejanía de las cosas reduce su imaginación a su estrecho y poco flexible marco conceptual. Entonces, sus intuiciones originales, que conectaron con una parte grande de la sociedad, se pierden, parafraseando a un libro del periodista español Juan Cruz Ruiz, en su ego revuelto.

Todo aquel que ejerce el poder tiene una autoestima elevada, pero la sabiduría consiste en rodearse de un círculo que modere esas ínfulas y pueda sacar lo mejor de su líder, impidiéndole que su narcisismo empantane su talento. De tenerlo, claro. “Recuerda que eres mortal”, dicen que le susurraba un esclavo al emperador Marco Aurelio, luego de sus triunfos, para que tomara conciencia de su finitud e imperfecciones.

Javier Milei esta fascinado por el poder y los poderosos, algo que se observa en sus encuentros con ellos, en donde se comporta, por momentos, con la emocionalidad de un fan. Pero no duda en atacar a los más débiles o asimétricamente en desventaja. Estigmatiza y encorseta, con la liviandad propia de una personalidad mezquina, con pretensiones de monopolizar el poder.

Su dogmatismo se basa en la creencia de que, quien apoya una parte de su visión, adhiere al todo. Un modo de pensar ajeno a una visión cabalmente democrática. El Presidente imagina una sociedad que, para su decepción, no es espejo de sus deseos. La imaginación no reemplaza la realidad, en todo caso, ayuda a operar en ella con eficacia, empujándola a un lugar mejor. Llevando al país del equilibrio A al equilibrio B, ampliando las fronteras de lo posible, como define la política el sociólogo Juan Carlos Torre.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/deseos-imaginarios-nid04052026/

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