“La discapacidad auditiva es invisible”: la labor de una intérprete salvadoreña por la comunidad sorda
En un país donde el ruido del tráfico copa el espacio público, existe una comunidad cuya voz se despliega en el aire en forma de ademanes, miradas y movimientos corporales.Sin embargo, pa...
En un país donde el ruido del tráfico copa el espacio público, existe una comunidad cuya voz se despliega en el aire en forma de ademanes, miradas y movimientos corporales.
Sin embargo, para la mayoría de los salvadoreños, la sordera sigue siendo una realidad completamente imperceptible. «La discapacidad auditiva es una discapacidad invisible», reflexiona Adriana Barrera de 27 años.
Andrea no es sorda, pero lleva años habitando el universo de la comunidad sorda salvadoreña. Desde 2022 ejerce activamente como intérprete de Lengua de Señas Salvadoreña (LESSA) y es docente en el Diplomado General que imparte el Colegio Bautista de Teología (CBT) en San Salvador.
Su historia no es solo la de quien aprende un idioma, sino la de una mujer que decidió convertir su cuerpo en un puente para garantizar que nadie quede al margen de la fe, la salud o sus derechos fundamentales.
El acercamiento de Barrera a la lengua de señas germinó durante su infancia. En la iglesia a la que asistía de niña, el padre de una joven sorda enseñó al grupo de niños algunas señas básicas y alabanzas para poder incluirla.
Aunque el paso de los años y el bachillerato la alejaron temporalmente de esa práctica, la semilla permaneció intacta. Cuando regresó a los espacios de servicio comunitario, la motivación renació con fuerza: aprender para enseñar y, sobre todo, para comunicar el mensaje de salvación a quienes no podían escucharlo.
Con los años y el ejercicio continuo de la interpretación en espacios universitarios, hospitalarios y comunitarios, su percepción sobre el colectivo dio un giro drástico. Comprendió que las barreras de comunicación no las tienen las personas sordas —quienes poseen una lengua materna viva y en constante evolución, sino los oyentes que han dejado al colectivo en un aislamiento sistemático.
Esa desprotección institucional adquiere matices dramáticos en el sistema de salud pública y en los tribunales. Adriana recuerda con indignación el día en que acompañó a un centro médico a un familiar y encontró a una mujer sorda que llevaba desde la mañana sin ser atendida simplemente porque nadie comprendía su lengua.
Al intervenir como intérprete para facilitarle la consulta, la respuesta del médico de turno la conmocionó: «Yo fui a un curso básico, pero para mí es ridículo aprender señas». Para Martínez, esa insensibilidad profesional no es una anécdota aislada, sino una violación flagrante a los derechos humanos más elementales.
En el ámbito legal, la escasez de intérpretes acreditados deja a la comunidad en un desamparo crítico. Casos de mujeres sordas a punto de perder sus viviendas en litigios judiciales sin comprender los documentos que firmaban son el reflejo de un Estado que reconoció la LESSA en la Asamblea Legislativa apenas en 2014 y que aún no garantiza la accesibilidad universal en sus instituciones.
La neurociencia detrás del oficio: triple esfuerzo mental y contención emocionalDesmitificar el trabajo del intérprete es una de las grandes luchas de Adriana. Frente a la creencia popular de que interpretar consiste únicamente en hacer «español signado» o traducir palabra por palabra de forma mecánica, la especialista detalla la complejidad neurológica que exige el oficio.
Al interpretar en directo, el cerebro procesa tres acciones simultáneas e instantáneas: escuchar la señal de audio en español, transformar mentalmente esa idea a la gramática visual y tridimensional de la LESSA, y ejecutar las señas con el cuerpo manteniendo la fluidez y la coherencia visual. «Es una concentración absoluta. Si pierdes la idea un segundo, se perdió el mensaje», señala.
A esa exigencia cognitiva se suma la contención emocional. Interpretar discursos en vivo o sermones conmovedores implica desprenderse de la propia personalidad para encarnar al emisor.
Martínez rememora ocasiones en las que la prédica tocaba fibras íntimas de su fe, obligándola a apretar los labios frente a la cámara o el público para reprimir las lágrimas y no interrumpir la comunicación de la persona sorda.
Trabajo en dupla y el reto de formar a las nuevas generacionesEn el ámbito académico, Adriana coordina el diplomado del CBT junto al maestro sordo Miguel Ángel Orellana. El diseño del programa curricular requirió un año de trabajo conjunto para condensar en diez meses cuatro pilares esenciales: gramática, vocabulario, expresión gestual y cultura visual.
Trabajar en una dupla mixta (sordo y oyente) ha permitido generar una sinergia pedagógica inédita en el país. Mientras el docente sordo aporta la autenticidad lingüística y cultural de su comunidad, la intérprete oyente sirve de anclaje para resolver dudas estructurales de los 36 estudiantes que conforman la primera promoción del programa.
En el marco de la semana Internacional de las Personas Sordas, Adriana envía un mensaje de doble vía: a la comunidad sorda, a no claudicar en la conquista de sus espacios de desarrollo profesional y académico; y a la población oyente, a perder el temor y sumarse al aprendizaje de la LESSA. «Encontrar a alguien que habla tu mismo idioma genera una alegría inmensa. Aprender señas no es un favor; es derribar la barrera que nosotros mismos construimos».