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La insólita historia del goleador que debutó en la Selección porque lo bajaron de la tribuna a la que había ido a alentar

Alberto Ohaco era el goleador de la Selección. Jugaba en Racing y había hecho 244 goles en 278 partidos con el club de Avellaneda. Había marcado, además, un doblete contra Chile en el partido d...

La insólita historia del goleador que debutó en la Selección porque lo bajaron de la tribuna a la que había ido a alentar

Alberto Ohaco era el goleador de la Selección. Jugaba en Racing y había hecho 244 goles en 278 partidos con el club de Avellaneda. Había marcado, además, un doblete contra Chile en el partido d...

Alberto Ohaco era el goleador de la Selección. Jugaba en Racing y había hecho 244 goles en 278 partidos con el club de Avellaneda. Había marcado, además, un doblete contra Chile en el partido debut del certamen, el primer Sudamericano de fútbol.

Pero Ohaco había viajado por razones laborales que excedían al fútbol; eran años de amateurismo. El goleador no iba a llegar a tiempo para el partido contra Brasil, el 10 de julio de 1916, en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires. Argentina parecía no tener más remedio que salir a la cancha con diez jugadores.

Los dirigentes de la entonces Asociación Argentina de Football intentaron primero con Ricardo Naón, un mediocampista de Gimnasia y Esgrima La Plata que estaba en el estadio como espectador. Quisieron convencerlo de que se sumara a la formación inicial pero Naón se negó: hacía dos años que no lo convocaban a la Selección y no estaba dispuesto a ponerse la camiseta para resolver una emergencia de último momento.

Entonces Pedro Martínez, el primer jugador del Huracán en representar a la Selección, tuvo una idea. Se acercó al cuerpo técnico y avisó que entre los 15.000 espectadores que llenaban las tribunas del estadio de GEBA estaba uno de sus compañeros del club de Parque Patricios.

Hablaba de José Manuel Durand Laguna. Le decían “el Negro”, había nacido en Salta y, aunque había llegado a ser parte de las pruebas para integrar la Selección, nunca lo habían elegido. Ese día, el 10 de julio de 1916, hace exactamente 110 años, había ido al partido como hincha.

Fueron a buscarlo siguiendo la corazonada de Pedro Martínez. Lo encontraron en su butaca, vestido de traje, como se acostumbraba en ese entonces para ir a la cancha. “El Negro”, un salteño que no paraba de hacer goles en Huracán, bajó de la tribuna, se cambió en el vestuario y entró a la cancha.

Primero presidente, después goleador

La historia de Laguna en Huracán había empezado por un lugar poco habitual para alguien que después vestiría la camiseta: antes de ser jugador del club de Parque Patricios, barrio en el que se había criado, había sido su presidente.

Firmó la primera foja del libro de actas de la institución. Fue quien gestionó la llegada del ingeniero Jorge Newbery —ex aviador que invirtió económicamente en el club— y quien propuso que la camiseta fuera blanca con el logo del globo aerostático que le daría al equipo su apodo para siempre.

Recién después de esa etapa dirigencial se consolidó como delantero del plantel. Pablo Viviani, docente e historiador que investigó los primeros años de Huracán, describió a Laguna en una entrevista con Clarín en 2015: “El Negro resultó pícaro en la cancha y rápido para los asuntos de la calle. Cuentan las malas lenguas que, cuando jugaba en Nacional de Floresta, este viejo zorro les pagaba dos centavos a dieciséis chicos para que lo vivaran y aplaudieran cuando él tenía la pelota”.

El padre de Laguna era albañil. Cuando el trabajo en la construcción escaseaba, se convertía en jardinero. José había nacido el 7 de noviembre de 1885 en La Viña, Salta. Se crió en Cachi, en los Valles Calchaquíes de esa provincia, y llegó a Buenos Aires a los ocho años cuando la familia se mudó a Parque Patricios.

Ese 10 de julio de 1916, Laguna ya había acumulado varias convocatorias a las pruebas de la Selección, pero siempre se había ido con la frustración de no estar entre los elegidos para vestir la camiseta del conjunto nacional. Era la primera vez que iba a representar al país, un debut inesperado e improvisado que “el Negro” no había imaginado ni en sus mejores sueños.

La primera “Copa América”

El certamen en el que Laguna bajó de la tribuna al césped era el primero de su tipo en la historia del fútbol sudamericano. Argentina había invitado a Chile, Brasil y Uruguay para disputar un campeonato de selecciones en Buenos Aires para, también a través del deporte, celebrar el Centenario de la Independencia. Cuatro equipos, todos contra todos, una sola rueda.

El campeón fue Uruguay con cinco puntos —los triunfos sumaban dos en vez de tres, y la Celeste ganó dos partidos y empató uno— seguido por Argentina con cuatro, Brasil con dos y Chile con uno. Lo que décadas después el mundo llamaría Copa América no tenía todavía ese nombre. Era el Campeonato Sudamericano de Football y el de 1916 fue el primero.

El estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, en Palermo, era considerado en ese momento el mejor escenario deportivo del continente. Pero el torneo ya había tenido su momento de caos antes del partido contra Brasil: en el encuentro entre Argentina y Uruguay, más de 20.000 personas desbordaron la capacidad del lugar.

Invadieron el campo de juego a los dos minutos del inicio y, ante la suspensión del partido, la furia colectiva los llevó a prender fuego una tribuna de madera. Los bomberos tardaron horas en controlar el incendio, y el partido se terminó jugando al día siguiente en el estadio de Racing, en Avellaneda.

El torneo atraía a miles de personas, dispuestas a disfrutar del partido y a enloquecer si un partido se suspendía. El 10 de julio, con 15.000 espectadores en las tribunas del estadio de GEBA y un delantero que acababa de bajar de entre ellos, Argentina salió a la cancha para enfrentar a Brasil.

Un derechazo para la historia

Laguna había aceptado ponerse la camiseta de la Selección sin pensarlo. Pisó el césped sin haberse entrenado nunca con el equipo. No tenía idea de cuál iba a ser el planteo táctico de ese partido. Sólo tenía con él sus años de preparación sobre todo en clubes de barrio, y esa picardía que lo había hecho, por ejemplo, construir su hinchada personal a cambio de unos pocos centavos.

A los diez minutos del primer tiempo, “el Negro” recibió la pelota y pegó un derechazo que la metió en el arco. Argentina se puso 1 a 0. Brasil empató a los 24 minutos, el gol lo hizo un jugador llamado Alencar. Ese 1 a 1 fue el resultado definitivo, el que no le iba a alcanzar a la Selección para encabezar el Sudamericano.

Uruguay, que había vencido a Chile y a Brasil, acumuló los puntos necesarios para consagrarse campeón. Argentina, la Selección anfitriona, quedó segunda. El empate contra Brasil fue la diferencia que consolidó a la Celeste en el primer lugar. Ohaco, el titular que no llegó a tiempo, jugó el partido final contra Uruguay. Laguna no volvió a ser convocado en toda la Copa.

Lo que vino después

A lo largo de todo su carrera, Laguna disputó menos de diez partidos con la Selección. Su último gol con la celeste y blanca fue el el 11 de mayo de 1919, cuando tenía 33 años, en un amistoso en Paraguay. Ese viaje a Asunción cambió su vida: descubrió en el país vecino su segundo hogar y se quedó.

Trabajó como electricista en el Palacio de López, la sede del Poder Ejecutivo de ese país, para suplir lo que el amateurismo no pagaba. Jugó con éxito en clubes locales y llegó a convertirse en el primer director técnico de la historia de la Selección de Paraguay, a la que condujo en su primera experiencia mundialista en Uruguay 1930.

En Argentina había dejado su marca: fue campeón con Huracán en los torneos de 1921 y 1922. Llegó a ser técnico del club en el que primero había sido presidente. Dirigió también a Lanús, a Gimnasia de La Plata y a la Liga de Tucumán.

Murió en Buenos Aires el 16 de julio de 1959. Tenía 73 años. Había nacido en Salta, se crió en Parque Patricios, fue presidente antes que jugador, técnico después de colgar los botines, y en el medio hizo lo que nadie antes ni después haría en un torneo oficial de selecciones: estaba en la tribuna con el traje puesto, lo fueron a buscar, y no sólo jugó sino que además hizo el único gol de Argentina en ese partido.

Ese 10 de julio, cuando bajó de la tribuna al campo de juego, lo aplaudieron más que nunca sin que tuviera que pagarle ni una moneda a cada uno de los que festejaron su derechazo al arco.

Fuente: https://www.infobae.com/historias/2026/07/10/la-insolita-historia-del-goleador-que-debuto-en-la-seleccion-porque-lo-bajaron-de-la-tribuna-a-la-que-habia-ido-a-alentar/

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