Los poderosos fantasmas que amenazan, de nuevo, el futuro de Javier Milei
Hace dos años y medio, el economista Carlos Rodriguez concedió un reportaje donde se atrevió a pronosticar el desenlace del programa de Javier Milei y Luis Caputo, que apenas arrancaba. Rodrigue...
Hace dos años y medio, el economista Carlos Rodriguez concedió un reportaje donde se atrevió a pronosticar el desenlace del programa de Javier Milei y Luis Caputo, que apenas arrancaba. Rodriguez había coordinado los equipos económicos durante la campaña libertaria. Eso reflejaba que compartía la mirada teórica del presidente y que además era un macroeconomista valorado por él. Pero a esa altura, ya había sido eyectado del entorno de Milei. El pesimismo extremo de Rodríguez se expresó de manera sintética en el título de aquella nota: “Estamos yendo hacia una depresión y no veo cómo se recuperará la inversión”. El viernes pasado, él mismo recordó ese reportaje en la red social X con un agregado un tanto melancólico: “Cuánta razón tenía hace dos años y medio…”.
Aquello ocurrió en marzo de 2024. Por entonces arrancó un debate sostenido hasta hoy acerca de la consistencia del programa libertario. Todo el mundo desde la heterodoxia económica era muy crítico. Milei no aplicaba sus instrumentos, ni se proponía sus objetivos: era de otra familia. Pero lo que más dolía al Presidente y a su equipo eran las críticas de los propios, o sea, de una multitud de economistas ortodoxos a los que conocía muy bien: Domingo Cavallo, Diego Giacomini, Miguel Angel Broda, Carlos Melconián, Mariano Fernández, Joaquín Cottani, Ricardo López Murphy, Roberto Cachanosky, Christian Buteler, entre tantos otros. Milei los empezó a odiar. Mandriles, econochantas, eran adjetivos dirigidos a ellos.
Esa pulseada tuvo varios idas y vueltas. Había momentos donde parecía que la situación se inclinaba a favor del equipo económico, como cuando se produjo el éxito del blanqueo en septiembre del 2024 y la economía empezó a rebotar gracias al crédito y a la recuperación parcial de los salarios. En otros momentos, Milei y su equipo necesitaron los salvatajes agónicos del Fondo Monetario en abril del 2025 y de la armada de Donald Trump y Scott Bessent en octubre. Los meses posteriores a las elecciones -baja de tasas, caída del riesgo país, control del dólar, compra de reservas- parecieron inclinar el destino de nuevo a favor del equipo oficial. Pero todo eso parece disiparse ahora, y de manera muy dramática, como si hubieran dado las doce en el cuento de Cenicienta.
El jueves pasado, el Indec difundió datos que reflejan la dimensión real del problema. Para entenderlo, conviene detenerse en algunos de ellos. Según el organismo oficial, la pobreza subió de 28,4 a 32,3 por ciento -4 puntos- entre el último semestre del 2025 y el primero del 2026. Pero en el mismo informe, el Indec desagrega los datos por trimestre: el 26,7 por ciento del tercer trimestre del 2025 se transforma en el 33,8 del segundo trimestre de 2026. O sea que la suba no fue de 4 puntos: fue de 7. Eso significa que desde julio del año pasado hubo tres millones más de pobres: ¡más de diez mil personas por día cayeron por debajo de la línea de la pobreza!
El Gobierno se aferra a la idea de que la pobreza disminuyó desde que Milei llegó al poder. Esos datos son discutidos entre los académicos más renombrados en el área. Pero aun así, eso no cambiaría el hecho de que el plan que eliminaba la pobreza ahora la reproduce de manera acelerada.
El segundo dato refiere al nivel de actividad. El Indec informó que en julio la economía se achicó un 2.9 por ciento. Desde los terribles meses de la pandemia, no se registraba un número semejante. Una semana antes el mismo Indec había informado que en el segundo trimestre la actividad había caído respecto del primero. Si se compara con diciembre, en los primeros siete meses del año la actividad se achicó un 4 por ciento, y mucho más si se enfoca en los sectores de la economía donde habitan la mayoría de los argentinos.
La inversión cayó verticalmente 11 por ciento en el último año. El desempleo creció levemente, pero se perdieron 340 mil puestos de trabajo en blanco y la informalidad bate récords históricos. No es casual, entonces, que cada día, los medios se pueblen de imágenes dolorosas: solo en esta semana, el cierre de la fábrica de Electrolux en Rosario, la cola interminable de desempleados en el centro de la ciudad de Córdoba, el cierre definitivo de la fábrica de Dánica en Llavallol.
La contundencia de los datos genera un angustioso interés por la capacidad del Gobierno de entender y procesar este desafío. En estas horas tan especiales se produjeron dos episodios muy concretos que permiten evaluar su reacción. Uno de ellos ocurrió en un cómodo auditorio de Manhattan, donde Javier Milei fue entrevistado por el británico John Micklethwait, jefe de Economía de Bloomberg TV. Las primeras tres preguntas fueron directo al hueso:
-Usted y yo sabemos que la economía argentina se está achicando. El segundo trimestre se redujo respecto del primero y los números de julio no son buenos. ¿No está preocupado ante la perspectiva de una recesión?
-Cuando usted llegó al poder, la demanda de la sociedad era que bajara la inflación. Ahora, eso cambió. El desempleo ha crecido y la gente demanda trabajo. ¿Cómo va a hacer para resolver el problema sin, al mismo tiempo, impulsar la inflación?
-En las encuestas, la demanda de más trabajo aparece muy destacada. En un año habrá elecciones. ¿No le preocupa perderlas?
En los tres casos, el Presidente sostuvo que las preguntas referían a cosas que no estaban ocurriendo. Milei respondió que hace 27 meses consecutivos que la Argentina crece, que las mediciones del Indec están distorsionadas por el proceso de transformación que vive la Argentina, que el desempleo no crece sino que se han creado 500 mil puestos de trabajo, y que ganará las elecciones porque la sociedad no quiere volver al pasado. Después dijo que a él le gustaría trasladarse en una camioneta Tesla Cybertruck negra decorada con un león dorado, porque eso le recordaría a Batman. “Sería espectacular”, dijo.
El otro episodio fue en el canal cordobés El Doce, donde Jorge “Petete” Martínez, otro periodista destacado y muy popular, entrevistó a Federico Sturzenegger, el ministro de Desregulación. En un momento, el funcionario explicaba que la ley de flexibilización laboral fue diseñada para que hubiera más trabajo en blanco. Martinez lo interrumpió y se produjo un cruce con momentos de tono subido.
-Claro, ministro, pero como el mercado interno está planchado, no hay poder adquisitivo, los salarios están pisados, nadie lamentablemente va a contratar un empleado. No es que uno pierde el laburo acá, cruza la esquina y consigue otro. Ese es un dato que confronta con lo que ustedes dicen.
-Hace cinco meses que los salarios le vienen ganando a la inflación…
- Perdon ministro, con todo respeto, ¿en dónde los salarios le están ganando a la inflación? Pregúntenle a los jubilados y al resto de los trabajadores…
-En los últimos cinco meses, va a ver que los salarios le vienen ganando a la inflación. Se han creado 500 mil puestos de trabajo. Después tenemos una diversidad de gente, cada uno tiene su situación personal. Tenemos que salirnos un poco de los títulos dramáticos. Tenemos una economía donde vamos a tener cuatro años de crecimiento seguido. La inflación bajó, la pobreza bajó significativamente.
-Esa es la macro, ministro, pero la gente después intenta comer todos los días. Y hay un ajuste muy fuerte con los jubilados, con los discapacitados y la promesa era ir al hueso con la casta. Y eso no ha sucedido.
-Hemos encontrado ministerios paralelos con miles y miles de empleados que eran punteros. Nosotros hemos ido desarmando todo esto. Eso ha generado ahorros que han permitido bajar impuestos. Acá en Córdoba las retenciones a los productos de exportación industriales y agropecuarios han bajado significativamente. Es un proceso que habrá que seguir. Ahora, si me disculpa, me tengo que retirar. Muchas gracias.
Y cortó el diálogo.
Así las cosas, el Presidente enfrenta una escalera de tres preguntas claves. Una: ¿pasa lo que todo el mundo dice que pasa? Dos: si eso pasa, ¿corresponde cambiar el programa económico? Tres: si las dos preguntas anteriores se responden de manera afirmativa, ¿cuáles serían esos cambios? ¿Funcionarían? De cómo responda el Gobierno esas preguntas dependerá el destino de Milei. Por ahora, pareciera que todo se traba en la primera: no pasa nada. La Argentina es la nueva tierra prometida, dijo esta semana el Presidente.
Algunos mecanismos para sostener esa mirada son de una evidente baja calidad. Por ejemplo, la foto que difunden cada semana los ministros de la cola para entrar a la obra de teatro del popular Guillermo Francella en la calle Corrientes. O el repetido argumento de Milei y Sturzenegger sobre los cuatro años seguidos de crecimiento. Los funcionarios sostienen que en 2024 la economía creció más de un 6 por ciento, cuando el Indec, oficialmente, registró una caída del 2 por ciento. A esta batería esta semana se le agregó el argumento de Luis Caputo, según el cual en julio la economía cayó porque la gente estaba mirando el Mundial.
El problema con la rigidez de estas respuestas es que los actores económicos las tienen muy medidas. Por eso, tal vez, a la gira por Wall Street le siguió una huída masiva de los bonos argentinos. Más aún: los colegas que cubrieron el evento registraron sorprendidos que a algunos financistas les resultaba más creíble Axel Kicillof que el propio Presidente. Uno de los activos de cualquier gobierno es su credibilidad y seriedad para explicar lo que pasa, especialmente cuando hay problemas serios. Abusar de estos métodos puede hacer mucho daño.
Finalmente, tal vez pase lo que parece que pasa, pero mucha gente cree que sí. Carlos Rodríguez, el protagonista del inicio de esta nota, lo explicó de esta manera en otro tuit: “No veo cómo salir de este fracaso. A medida que se acercan las elecciones, la economía muestra señales de debilitamiento y el Gobierno parece consumir parte de su capital político. Si esta tendencia continúa, podemos enfrentar más presión cambiaria, menos actividad y un deterioro de las expectativas. El problema de fondo es otro: el cambio que necesita Argentina no puede depender de la obediencia a un líder ni de una visión ideológica cerrada. Argentina necesita una alternativa amplia y transversal que mantenga lo que debe mantenerse: equilibrio fiscal, desregulación, respeto por el mérito, apertura económica y reglas estables. Pero también que haga esos cambios de manera institucional, gradual y sustentable. El populismo no es la solución. Tampoco lo es reemplazarlo por la adhesión irrestricta a un nuevo líder”.