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Marcelo Cosentino: sufrió la fama, se arrepintió de un mediático romance, cambió de oficio y hoy disfruta de su presente

La historia de Marcelo Cosentino es atípica. A la inversa de la mayoría de sus colegas. Incluso, opuesta, con altas dosis de negacionismo y autoboicot. Primero obtuvo la fama líquida con la que ...

Marcelo Cosentino: sufrió la fama, se arrepintió de un mediático romance, cambió de oficio y hoy disfruta de su presente

La historia de Marcelo Cosentino es atípica. A la inversa de la mayoría de sus colegas. Incluso, opuesta, con altas dosis de negacionismo y autoboicot. Primero obtuvo la fama líquida con la que ...

La historia de Marcelo Cosentino es atípica. A la inversa de la mayoría de sus colegas. Incluso, opuesta, con altas dosis de negacionismo y autoboicot. Primero obtuvo la fama líquida con la que sueña todo actor con sus primeros trabajos y luego el reconocimiento de sus pares, algo que solo logran unos pocos. Hijo del famoso cantante Marty Cosens, inició su periplo televisivo en los grandes éxitos de los 90 y 2000, como Clave de Sol, Perla Negra, Verano del 98, Gasoleros, Yago, Los Buscas y luego desapareció de la pantalla chica para adentrarse en el mundo teatral, pero no como cabeza de compañía sino como director. Y ya desde la última fila de la sala, casi camuflado entre el público, llegó a dirigir a casi todos sus ídolos de juventud, a los que sentía que no podía igualar ni “en diez reencarnaciones”. Gerardo Romano, Rita Cortese, Carlos Belloso, Oscar Alegre, Luis Ziembrowski y Roberto Carnaghi sucumbieron bajo sus indicaciones y brillaron en obras como Pirañas, Codicia y Las brujas de Salem. Hoy tiene su escuela de teatro, donde les da clase a más de 150 alumnos y tiene en cartel sus caprichos teatrales más clásicos, La casa de Bernarda Alba, Casa de muñecas y su propia creación El principio de la diversidad, donde recrea de la manera más cruda y voraz el estudio que Alfred Kinsey realizó sobre la sexualidad humana.

La charla con LA NACIÓN se realiza en un bar periférico al centro porteño, punto intermedio entre su casa del barrio de Boedo y su escuela de teatro que funciona de lunes a sábados en el Multiescena, el otrora cine Los Ángeles. “¿Te molesta si vamos afuera así puedo fumar?”, pregunta Cosentino como anticipando que se va a poner cómodo y hablar de todo. Su característica principal es la sinceridad, cuestión que se agradece, y tal vez su mayor contradicción es creerse anónimo, cuando en realidad no lo es. Al menos su historia y pergaminos así lo rubrican.

-Fuiste uno de los actores claves de los 90 y desapareciste de la escena por decisión propia.

-Es que siempre tuve más libertad para ver e imaginar cosas que para actuar. Me sentía un actor muy limitado. Yo me formé con Agustín Alezzo y me pasó que una vez lo fui a ver a Alejandro Urdapilleta en la obra Almuerzo en casa de Ludwig W y tomé conciencia que nunca iba a poder hacer eso ni en diez reencarnaciones. Esa vez mientras lo veía me dije: “Está inventando todo, no puede ser esto la letra”. Al día siguiente me compré el libro, estudié el personaje, lo vi en otra función igual de extraordinaria y me di cuenta que no había cambiado ni una coma. Entonces empecé a notar que yo como actor no iba por el buen camino.

-Pero protagonizabas los éxitos de la época y los productores te elegían una y otra vez.

-Pero yo estaba todo el tiempo viendo las fallas. Tampoco me gustaba ser conocido, me sentía incómodo cuando me reconocían o me trataban como a una estrella. Se lo planteé a Alezzo y me motivó a que siga con la dirección. En 2007 me pongo a dirigir a Nicolás Vázquez con su unipersonal Mutando, nos va espectacular y no paré más.

-Actualmente tenés varias obras en cartel, pero con elencos independientes.

-Son elencos surgidos de mis talleres. En el caso de La casa de Bernarda Alba es un grupo de alumnas con el que empezamos a trabajar el texto sin fecha de estreno, sin presiones y lo tomamos como parte del aprendizaje del taller. Igual, una cosa es enseñar y otra ensayar. Cuando estamos en plan taller soy docente. Y cuando empezamos a ensayar las obras para montarlas, empieza el verticalismo. Bajo esa premisa también tengo en escena Casa de muñecas y El principio de la diversidad.

-¿La elección de las obras surge de las inquietudes de los alumnos?

-Absolutamente antojadiza. De lo que tengo ganas de hablar. La casa de Bernarda... la amo, es inmensa. Está el prejuicio que es una cosa acartonada, pero yo hago que esas mujeres estén vivas, que tengan las mismas pulsiones de siempre. Hay autores que me parecen geniales por su compresión del alma femenina que son Federico García Lorca, Tennessee Williams y Henrik Ibsen. Y con sus textos intento que mis actores transiten la verdad. Las escenas de estas obras son brutales. Son pura combustión y cuando logran transmitirlo, me siento feliz y el público lo agradece.

-¿Se siente menos presión dirigiendo a actores que recién comienzan?

-No me da presión, sean novatos o estrellas. Antes sí era prejuicioso pero ya no. Dirigí a Roberto Carnaghi, Rita Cortese, Gerardo Romano, Araceli González, Mariano Martínez, Luis Ziembrowski y a Ricardo Fort. Dirigí Las brujas de Salem con un elenco inmenso entre los que estaba Lali Espósito que la rompió toda y a mis alumnos. Ahora dirigí en Mar del Plata a Nito Artaza y Sergio Gonal y me lo tomo de la misma manera que si haría una obra de David Mamet. Si llegás tarde a un ensayo por segunda vez, te saco de la obra. A todos les hago respetar la sala donde están y con quiénes están trabajando. Yo actué con cólicos renales, fui a grabar al día siguiente de que murió mi viejo y si bien no pido lo mismo, sí que sean respetuosos y comprometidos. La única diferencia entre mis alumnos y actores profesionales es que no tengo fecha de estreno, si no que estrenamos cuando sé que la obra está lista.

-Para muchos artistas Ricardo Fort era un límite.

-Estaba dirigiendo a Romano, Muscari y Papaleo en Pirañas y me convoca para que lo dirija en Fortuna. La verdad es que le pedí un montón de plata para que me dijera que no y me dijo que sí. Era una plata desubicada y decirle que no ya era una falta de respeto. Igual, más allá de lo artístico, a Ricardo Fort lo vi salir a escena en condiciones físicas y de salud que por lo mismo, el 90 por ciento de los actores, se hubiera directamente internado. Una vez le pedí por favor que no la haga porque me daba miedo y la hizo igual. Súper profesional y apasionado. Se moría del dolor y bailaba como nadie.

-Hablando de mitos, se dice que el boca en boca de Closer te jugó en contra porque comentaban que si ibas con tu pareja, te peleabas...

-Closer fue un exitazo de punta a punta. Estaban Araceli González, Mariano Martínez, Marcela Kloosterboer y Nacho Gadano. Metíamos dos mil espectadores por semana, pero tuvimos mucha mala suerte. Primero Araceli tuvo un problema físico y se tuvo que bajar. La reemplazó Victoria Onetto y continuó siendo un éxito. Al tiempo pasó lo del papá de Mariano que fue preso por el tema de la efedrina y a él se le hacía imposible llegar al teatro de los móviles que había. Por eso la bajamos. Lo del boca en boca fue una genialidad. Con semejante elenco tuve que ir a una agencia de publicidad para inventar algo y que rompa la boletería. Creamos eso de “no vengas porque te vas a pelear con tu pareja”. Fue un boom.

-Con Network te pasó lo contrario...

-Siempre cuando la obra fracasa la culpa es del director y si triunfa la medalla es para los actores. Como en el fútbol. Mi obligación es que la obra funcione y cuando va mal lo vivo como una pesadilla. Me pasó hace tres años cuando me llamó Ariel Diwan para producir y le dije de hacer Network, con Flor Peña, Coco Sily, Eduardo Blanco y resultó un fracaso estrepitoso. Inentendible. La adaptación era de Juan José Campanella, estaba también Pablo Rago, era imposible que fuera mal y no anduvo. La pasé pésimo. Después me interné en mi taller y no quise saber más nada con el teatro comercial.

-La clave del éxito no existe.

-No, pero sigo sin entender por qué no funcionó. Las brujas de Salem tampoco anduvo bien y el elenco era excelente, de lo mejor del teatro argentino. Lo que pasó ahí fue que para tener a 28 actores de primer nivel tenía que ser un súper éxito sino era insostenible pagarles a todos y por eso la bajamos. Lo gracioso fue que me quedó una obra que había comprado, yo ya estaba en el piso de mi ánimo e hice Algunas mujeres a las que les cagué la vida sin ninguna expectativa. No conseguía actor y me dije: “Si voy a fracasar con esto, fracaso protagonizándola yo”. Fue un exitazo. No daba dos mangos por mí, pero la quería hacer porque se me vencían los derechos. Estaban Miriam Lanzoni, Fernanda Callejón, Mery del Cerro y fueron cuatro años de éxito rotundo.

-¿Cómo llevás las críticas del periodismo?

-Al principio les daba mucha importancia. Arranqué a dirigir con Mutando y gané muchos premios. Seguí con Codicia y venía muy arriba. Una vez LA NACIÓN me puso “buena” y me angustié mucho. Imaginate el nivel en que venía para que un “bueno” me caiga mal. Después me angustiaba cuando un periodista decía que no le gustaba lo mío hasta que me di cuenta que no podía estar centrado en las opiniones de terceros. A Osvaldo Quiroga le tenía mucho miedo. Vino a ver Codicia, le gustó y me sentí Gardel. Vino a la siguiente obra y me destrozó, pero ya estaba curado. Ahora que digan lo que quieran. Están en todo el derecho de elogiar o criticar.

-Quien te googlee descubrirá tu faceta mediática con una pelea amorosa con Nazarena Vélez.

-Pero yo nunca hablé del tema. Fue algo ajeno a mí. Te diría que el 80 por ciento de lo que se dijo en su momento fue mentira, aunque ya el 20 para mí era muchísimo. Debo reconocer que caí como un idiota. Cómo no me di cuenta que un romance con Nazarena Vélez iba a ser tapa de todas las revistas. Yo salí con muchísimas actrices y nunca nadie se enteró ni se va a enterar.

-Hay algo de la fama, el reconocimiento y el éxito que negás.

-No me gusta la fama. Yo me sentía horrible cuando hacía telenovelas porque me daban mucha exposición. Perla negra y Yago me llevaron a un nivel de exposición que padecí. Ahora tengo 51 años y reconozco que para mi época de soltería fue hermoso, pero soy muy tímido y en público la paso muy mal. Cuando estoy en una mesa larga con mucha gente, la paso mal. No saludo porque creo que no saben quién soy. No me gusta que me miren. Antes decía que yo no era yo.

-Sos padre de un joven de 21 años, ahí dirigís o compartís elenco?

-Thiago trabaja conmigo en mi escuela de teatro, coordina escenas, es mi mano derecha. Así que un poco y un poco. Hace freestyle y aunque le insisto para que estudie música, por ahora lo hace naturalmente porque tiene mucho oído. Tiene talento, salió a la rama del abuelo que era muy musical. Su mamá vive en Pinamar por lo que él vive conmigo. Somos muy compinches.

-¿Cómo es el Marcelo Cosentino que te negás a mostrar?

-Tengo mi pareja hace siete años que no es del ambiente. Soy muy familiero, me gusta mucho leer, estar en mi casa, me desconecto haciendo un asado con amigos y hablo mucho de política. Trato en terapia de cómo abstraerme de la política. Puedo estar horas hablando de política, esta nota podría haber sido tranquilamente sobre Milei, Massa y Cristina. Me arrepiento de muchas cosas de mi vida, pero de la que más me arrepiento es de no haber realizado una obra que escribí hace unos años donde había un candidato a presidente que se lastimaba el lóbulo frontal y se volvía completamente loco. Lo recluían en una casa donde pasaba todo el día chateando y ganaba las elecciones. Juro que era así. No la hice y ahora me quiero morir. Estaba describiendo a un loco. Un tipo sin inhibiciones y diciendo barbaridades. Lo que pasa hoy.

Para ver

* Casa de muñecas, viernes, a las 19, Teatro Multiescena (Av. Corrientes 1764).

* La casa de Bernarda Alba, sábados a las 21, Teatro Multiescena. 

* El principio de la diversidad, domingos a las 20, Teatro Multiescena.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/personajes/marcelo-cosentino-sufrio-la-fama-se-arrepintio-de-un-mediatico-romance-cambio-de-oficio-y-hoy-nid25032025/

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