Música en las calles, bailes, desfiles y alegría desatada: cuando Buenos Aires juró la independencia en 1816
Fueron tres días seguidos de fiesta y patriótico jolgorio. El viernes 13 de septiembre de 1816 se juró, en la ciudad de Buenos Aires, “la independencia de las Provincias Unidas de Sud América...
Fueron tres días seguidos de fiesta y patriótico jolgorio. El viernes 13 de septiembre de 1816 se juró, en la ciudad de Buenos Aires, “la independencia de las Provincias Unidas de Sud América del rey de España Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y de otra dominación extranjera”.
Había sido declarada a las tres de la tarde del 9 de julio en Tucumán. En esa ciudad, de entonces unos cinco mil habitantes, se sucedieron los bailes celebrando el acontecimiento. Uno de ellos, el del 10, la bella tucumana Lucía Aráoz fue nombrada “reina de la fiesta, alegre y dorada como un rayo de sol” y Manuel Belgrano quedaría encandilado con la bella Dolores Helguero.
Una semana después, por bando público, los vecinos se enteraron de la buena nueva. Además de las tres salvas de artillería que se hicieron, hubo un repique de campanas bien programado: el primero ese mismo día a las 7 de la mañana cuando apenas llegaron los pliegos de la declaración de la independencia, otro repiqueteo a las doce y el restante a la hora de las oraciones, según describe Juan Manuel Beruti en sus Memorias Curiosas.
Los siguientes diez días la ciudad estuvo iluminada durante la noche, con música en las calles y en las plazas. La gente festejaba mientras los soldados disparaban al aire, hacían sonar los cañones.
Buenos Aires era una ciudad de unos cuarenta y cinco mil habitantes. La plaza mayor estaba dividida al medio por una recova, una construcción con cuarenta locales, donde se vendía de todo un poco. Del lado del Cabildo, la plaza llevaba el nombre De la Victoria y del lado del fuerte, una construcción bastante venida a menos, Plaza del Fuerte, también llamada Del Mercado, porque solía instalarse puestos al aire libre donde se vendía pescado del río, perdices, mulitas y otros animales. La carne se conseguía en la carnicería de la esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen. Lo que conocemos como Plaza Once funcionaba uno de los mataderos de la ciudad, donde está la Facultad de Derecho había otro y el tercero en las inmediaciones de Plaza Constitución.
Por su parte, la verdura se compraba en la vereda de los “Altos de Escalada”, edificio donde nació Remedios de Escalada.
La Catedral no tenía sus torres ni su frente y la entrada era por la actual calle San Martín, entonces llamada “De la Catedral”. Por su parte, el Cabildo tenía cinco arcadas de cada lado con una central. En su parte trasera, funcionaba la cárcel, la única de la ciudad.
El 15 de marzo en Buenos Aires se había tomado juramento al gobierno y a las corporaciones de obedecer al Congreso que ese mes comenzaba sus sesiones en Tucumán y al día siguiente, el consabido Te Deum en la Catedral.
El gobierno era ejercido, en forma interina por Antonio González Balcarce, tras la renuncia de Ignacio Alvarez Thomas. El 29 de julio le pasó el poder al nuevo director supremo Juan Martín de Pueyrredón.
Pueyrredón, de entonces 38 años, había tenido una destacada actuación en las invasiones inglesas. Luego de 1810 fue gobernador intendente primero en Córdoba y luego en Chuquisaca y cuando ocurrió el desbande de Huaqui, quedó a cargo del Ejército del Norte. En su retirada, en Salta tomó los caudales para que no cayesen en poder del enemigo. Cuando Juan José Paso renunció al Primer Triunvirato, Pueyrredón ocupó su lugar, y fue quien encargó a San Martín la conformación de una unidad de caballería.
Cuando ocurrió el golpe del 8 de octubre de 1812, que determinó la caída del Primer Triunvirato, tanto Pueyrredón como Rivadavia fueron confinados. Pueyrredón lo estuvo hasta 1814. Al año siguiente se casó con Calixta Telecha, cuya familia era dueña de una quinta en San Isidro, hoy convertida en museo. En 1816 fue designado diputado al Congreso de Tucumán, representando a Tucumán. No estuvo el día de la declaración de la independencia porque ya había emprendido el viaje para asumir sus nuevas obligaciones.
Antes de llegar a Buenos Aires, Pueyrredón se entrevistó con José Rondeau por un lado y con Martín Miguel de Güemes por el otro. Y en la ciudad de Córdoba tuvo un encuentro con José de San Martín. Fue en la casa de José Orencio Correas y en esa reunión San Martín lo puso al tanto de los detalles de la campaña libertadora que estaba planeando y del apoyo que necesitaría para llevarla a cabo.
La llegada de Pueyrredón a Buenos Aires fue celebrada por la tropa formada, con vítores y vivas a la patria, y fue excusa para que, durante tres días, la ciudad también estuviese iluminada con calles donde se ejecutaba música y se bailaba. El gabinete de Pueyrredón estuvo integrado por Vicente López y Planes en Gobierno y Relaciones Exteriores; Domingo Trilla en Hacienda y Juan Florencio Terrada en Guerra y Marina.
Finalmente, la jura formal se realizó el 13 de septiembre. Primero en la Plaza Mayor de la Victoria -la que daba frente al Cabildo- luego en la Plaza de la Residencia -actual Plaza Dorrego- y al día siguiente en la de Monserrat -hoy se levanta el edificio del Ministerio de Desarrollo Social- y en San Nicolás, donde está el Obelisco.
Presidía estas ceremonias Francisco Escalada, Alférez Mayor, quien llevaba el estandarte que lo identificaba como tal. Escalada, de 67 años, era un rico comerciante que había ocupado diversos cargos públicos de importancia. Su hermano Antonio era el suegro de José de San Martín.
En la ceremonia estuvieron todos: desde el director supremo, los integrantes del Cabildo, de la cámara de justicia, tribunal de cuentas, los miembros del clero, además de los oficiales y tropa.
Las calles estaban adornadas con guirnaldas y se lucían las unidades militares, que marchaban al compás de la música.
Durante tres días se bailó, se cantó, hubo funciones de teatro y corridas de toros en la plaza del Retiro, inaugurada en octubre de 1801 y que tenía una capacidad para diez mil espectadores.
La Plaza Mayor, a la que entonces también solía llamársela Plaza de Armas, fue el centro de los festejos. La Pirámide, inaugurada el 25 de mayo de 1811, estaba perfectamente iluminada, así como la recova. Beruti habla de “hachas, faroles de gusto y vasos de colores, a las que acompañaban los castillos de fuego, arcos triunfales, estatuas, pirámides superpuestas y otros adornos de singular idea”.
Mientras tanto, se escuchaban de fondo las salvas de artillería de los cañones del fuerte y de los buques, los que también de noche permanecieron iluminados. “En el río parecían un volcán que salía de luz entre las aguas”, describe Beruti.
Tamaños festejos tenían sentido. Por fin, éramos independientes, pero aún para tener un país debidamente constituído, los festejos debían esperar.