Por qué la muerte no es una tragedia sino “una liberación de las obligaciones sociales y morales”
El crítico Terry Eagleton, de 83 años, examina la muerte en A Death of One’s Own (Una muerte propia) como un hecho inevitable que libera de obligaciones sociales, pero que los seres humanos sue...
El crítico Terry Eagleton, de 83 años, examina la muerte en A Death of One’s Own (Una muerte propia) como un hecho inevitable que libera de obligaciones sociales, pero que los seres humanos suelen recibir como una injusticia inesperada por su incapacidad de vivir plenamente en el presente. Tras una carrera académica de 60 años, el pensador marxista desplaza su interés hacia el final de la vida.
El libro no desarrolla un argumento lineal ni una investigación sostenida sobre los temores y consuelos de morir. Eagleton reúne, en cambio, ideas y figuras que marcaron su vida espiritual e intelectual durante seis décadas: Karl Marx, Sigmund Freud y el catolicismo de su infancia aparecen antes de que “caiga el telón”.
La muerte carece de sentido de la ocasión, sostiene el autor: puede llegar mientras alguien lleva un disfraz de jirafa. Esa falta de solemnidad no le parece especialmente grave, porque el muerto ha quedado fuera del alcance de la preocupación por su apariencia o por la mirada ajena.
Estar muerto permite eludir deberes morales y sociales: ya no hace falta pagar a los acreedores, asistir al funeral de la madre ni responder a las exigencias cada vez más urgentes por una multa de estacionamiento. Eagleton encuentra incluso una dimensión erótica en la descomposición, a la que define como “la dicha erótica de rendirse a un poder inexpugnable”. Esa liberación implica dejar de sostenerlo todo. Sin embargo, hasta ese momento las personas deben continuar con su vida bajo la certeza de que el final puede estar cerca.
El crítico literario propone afrontar cada jornada con conciencia de la muerte. La actitud podría liberar a las personas “de la ansiedad mortal que nos obliga a aferrar, acaparar y devastar”, y permitiría percibir una gota de lluvia, un rayo de sol o el crujido de una manzana con la intensidad visionaria de William Blake.
El propio autor advierte que alcanzar ese estado de lucidez puede resultar “más problemático de lo que vale”. Los seres humanos viven atrapados en el tiempo: vuelven constantemente al pasado y proyectan un futuro imaginado, en lugar de habitar la realidad inmediata.
La crítica de Eagleton a Dylan Thomas parte del poema en el que el escritor pidió a su padre enfermo que no entrara dócilmente “en esa buena noche”. Si la noche representa la muerte y es buena, plantea Eagleton, no habría razón para retrasar la llegada a ese final; el padre debería correr hacia él como un maratonista extasiado en la recta final.
El cuestionamiento no surge de una negación de su propia mortalidad. Eagleton admite que no sabía si A Death of One’s Own sería publicado después de su muerte y considera que, en esta etapa, le resulta difícil pensar o escribir sobre otra cosa.
Las muertes, por esa relación humana con el pasado y el futuro, suelen presentarse como un insulto imprevisto. Eagleton ofrece una advertencia sobre los últimos instantes: es probable que nadie encuentre la frase correcta o grandiosa al morir. Dylan Thomas habría dicho al final de su vida: “El final está en el Edén”. Eagleton desestima esa expresión como una de las “vacuidades metafísicas” del poeta. Prefiere las últimas palabras atribuidas a Steve Jobs: “Oh, guau. Oh, guau. Oh, guau”. La frase no busca una grandeza fingida y deja que quien la escucha complete su sentido según sus propias fantasías.