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Un grito desesperado de ayuda que nadie escuchó: el crimen que obsesionó a Mariana Enriquez y ahora se ve en “Mis muertos tristes”

“¡Ayuda! ¡Ayuda! Señora, por favor, ¡ayuda!”. El pibe corre a toda velocidad y con lo que le queda de pulmones suplica. Se sube a las rejas de las casas y pide por favor que alguien le abra...

Un grito desesperado de ayuda que nadie escuchó: el crimen que obsesionó a Mariana Enriquez y ahora se ve en “Mis muertos tristes”

“¡Ayuda! ¡Ayuda! Señora, por favor, ¡ayuda!”. El pibe corre a toda velocidad y con lo que le queda de pulmones suplica. Se sube a las rejas de las casas y pide por favor que alguien le abra...

“¡Ayuda! ¡Ayuda! Señora, por favor, ¡ayuda!”. El pibe corre a toda velocidad y con lo que le queda de pulmones suplica. Se sube a las rejas de las casas y pide por favor que alguien le abra la puerta. Que alguien lo refugie. Que alguien se apiade de su destino de muerte. Pero nadie abre, todos desconfían, mejor no meterse y que se arregle solo. Algo habrá hecho para que lo estén corriendo los que lo están corriendo.

Entonces, los que lo persiguen lo encuentran, lo descuelgan de uno de los muros en los que suplicaba ayuda, le dan patadas, cabezazos, piñas y un fierrazo. Lo suben a un auto y lo bajan en un lugar alejado. Y le vuelan la cabeza de un tiro en la nuca.

Así empieza el cuarto y último capítulo de Mis muertos tristes, la serie que acaba de estrenarse en Netflix y que está basada en varios cuentos de la escritora argentina Mariana Enriquez, todos incluidos en su libro Un lugar soleado para gente sombría, de 2024.

La serie, protagonizada por Mercedes Morán y Dolores Fonzi, toma distintos elementos de los textos de la autora. Lo sobrenatural, lo extraño, lo oscuro, lo grotesco, algunas de las características de las que está hecha la literatura de Enriquez, asoman en la miniserie dirigida por el chileno Pablo Larraín. Y lo bien realista también.

Ese chico que en la serie corre por las calles del barrio Piedrabuena, en Villa Lugano, está ahí porque antes estuvo en las páginas de “Mis muertos tristes”. Y está en esas páginas porque una escena así de trágica ocurrió realmente en septiembre de 2010, y esa escena trágica se grabó en la memoria de Mariana Enriquez.

De una fiesta a un secuestro

La noche del 27 de septiembre de 2010, hace exactamente 16 años, Matías Berardi fue a una fiesta de egresados para festejar ahí el cumpleaños de un amigo. Matías era de Ingeniero Maschwitz, localidad del partido de Escobar, y tenía 16 años. La fiesta era en Pacha, en Costanera Norte.

María Inés Daverio y Juan Pablo Berardi, los padres de Matías, se habían puesto de acuerdo con los padres de los amigos de su hijo para contratar una combi que los llevara de vuelta a casa. Antes de subir a esa combi, Matías llamó a Juan Pablo: ninguno de los dos sabía lo que estaba a punto de pasar.

El adolescente bajó de la combi en el cruce entre Panamericana y Ruta 26, en Maschwitz, a las seis menos cuarto de la mañana. Ya era 28 de septiembre. Quedaban cinco minutos en remise para llegar hasta su casa. Pero en el cruce de rutas, lo interceptó una banda criminal y lo secuestró.

La primera llamada para extorsionar a los Berardi fue apenas después de la captura. Usaron el teléfono de Matías, que gritaba “¡mamá, mamá!” mientras uno de los secuestradores le anunciaba a María Inés lo que estaba pasando. La banda exigía, en ese primer llamado, 1.000 pesos de rescate. Pero un rato después empezaron a subir la apuesta: tras ocho llamadas y por haber visto un auto familiar que les pareció que indicaba un buen pasar económico, exigieron 30.000 pesos a cambio de la vida del adolescente.

Juan Pablo salió desesperado a buscar efectivo en distintos cajeros automáticos de la zona, y María Inés hizo la denuncia policial. Los rastrillajes telefónicos determinaron que el teléfono de su hijo emitía señal en General Pacheco, cerca de la planta de Ford. Matías estaba secuestrado en Benavídez, en el taller de herrería de Richard Fabián Souto, que encabezaba la banda criminal.

Un escape fallido

Cuando habían pasado catorce horas desde su secuestro en la calle, y en medio de la desesperación, Matías intentó escapar. Sus captores estaban distraídos así que saltó la reja que rodeaba la herrería y corrió hasta la calle.

Pidió auxilio a los gritos, golpeó todas las puertas que pudo e incluso intentó subirse a un remise que estaba frenado. Pero el chofer aceleró porque estaba seguro de que ese adolescente pretendía robarle el auto. Ninguna de las puertas que golpeó se abrió, nadie respondió a los alaridos que pedían ayuda, incluso cuando Matías gritó que estaba secuestrado.

Cuando el adolescente había recorrido dos o tres cuadras en medio de su huida, las mujeres de la banda de secuestradores corrieron detrás suyo. Gritaron que era un delincuente y que intentaba robar en el barrio. La desconfianza y la indiferencia terminaron de caer sobre Matías, y de condenarlo.

Fue recapturado a unas cuadras, cuando un auto manejado por uno de los secuestradores se le cruzó en el camino. El auto arrancó a toda velocidad y los criminales tomaron una decisión: debían deshacerse de Matías lo antes posible. Así que lo matarían esa misma noche.

En la madrugada del 29 de septiembre, los secuestradores trasladaron al adolescente a un descampado en la zona de Campana. Richard Souto fue el que lo asesinó: lo obligó a arrodillarse y le disparó por la espalda. Esa tarde, después de que un peatón llamara al 911, la Policía identificó el cadáver del joven.

Una vecina de la zona de la herrería reconoció la foto de Matías en televisión y aportó datos valiosísimos sobre esas cuadras en las que el adolescente había intentado escaparse y en las que nadie lo ayudó.

Condenados que piden vacaciones

En abril de 2013, la Justicia condenó a prisión perpetua a cinco de los imputados por el secuestro extorsivo seguido de muerte de Matías. Los condenados fueron Richard Fabián Souto, Néstor Maidana, Damián Sack, Gabriel Figueroa y Gonzalo Álvarez. Hubo más condenados: Ana Moyano, esposa de Souto, recibió 24 años de prisión; Federico Maidana, 21 años de prisión; Celeste Moyano, 19 años de prisión; Elías Vivas, 18 años de prisión; y Jennifer Souto Moyano, 17 años de prisión.

Alexa Souto Moyano, hija del matrimonio de secuestradores, fue absuelta: era menor de edad al momento del crimen. Años después, la Cámara de Casación revocó ese fallo y, recién en 2022, un tribunal condenó a Alexa Souto Moyano a 6 años y 8 meses de prisión: la consideraron coautora del secuestro extorsivo. Le otorgaron prisión domiciliaria.

A lo largo de los años, los condenados se presentaron ante la Justicia para solicitar distintos beneficios penitenciarios. El último pronunciamiento fue hace algo más de dos semanas, cuando se rechazó el pedido de libertad condicional presentado por Elías Vivas y el reclamo de salidas transitorias de Celeste Moyano.

En febrero de este año, la Fiscalía consideró viable un pedido de Alexa Souto Moyano para viajar a Córdoba por vacaciones. En declaraciones a Infobae en ese momento, los padres de Matías dijeron: “Es una burla para la memoria de nuestro hijo”. Finalmente, un tribunal frenó la posibilidad de que la condenada viajara.

“Un fantasma de ellos”

Las condiciones en las que murió Matías Berardi supusieron una conmoción pública. No sólo lo habían secuestrado y le habían disparado por la espalda para ultimarlo. También le habían negado, no los criminales sino los vecinos del lugar en el que permanecía como rehén, cualquier tipo de ayuda.

Su desesperación fue ignorada o incluso confundida con algún tipo de “artimaña” para después delinquir. Esa escena es la que Mariana Enriquez adaptó en su cuento “Mis muertos tristes” y la que ahora, nuevamente adaptada, puede verse en la serie de Netflix.

Tras publicar su libro Un lugar soleado para gente sombría, Enriquez le dijo a la revista Ohlalá!: “Yo lo que me pongo a pensar, a veces, en esos barrios, nadie le abrió por paranoia, obviamente. Porque tenían miedo de que fuera un ladrón mintiendo. Después supieron que era un chico que lo mataron y que estaba escapándose. Ese chico es un fantasma de ellos, no importa la dimensión sobrenatural. La dimensión sobrenatural me sirve a mí para remarcarlo, y para llevarlo al terreno que a mí me gusta y para darle la materialidad a esa culpa, a ese trauma. Pero es imposible que no se sientan mal por no haber abierto la puerta”.

Hace un año y en diálogo con Infobae, María Inés Daverio, la madre de Matías, le dijo a la periodista María Belén Etchenique: “Una de las cosas que más nos dolió fue la falta de solidaridad que él sufrió, la falta de ayuda (...) Los vecinos no son los culpables del crimen de Matías, pero creemos que las tres cuadras que corrió pidiendo ayuda son el reflejo de una sociedad que no participa por miedo o indiferencia”. Eso, exactamente eso, se ve en la desesperación de ese chico que, en la serie, se trepa a todas las rejas que puede, grita todo lo que puede y escapa todo lo que puede, pero todo eso no le sirve para nada.

Fuente: https://www.infobae.com/sociedad/2026/09/27/un-grito-desesperado-de-ayuda-que-nadie-escucho-el-crimen-que-obsesiono-a-mariana-enriquez-y-ahora-se-ve-en-mis-muertos-tristes/

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