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Valentí Oviedo: el estratega que lidera la transformación más audaz del Gran Teatro del Liceo

BARCELONA.— En plena Rambla —ese emblemático paseo de esta ciudad, que une la Plaza Cataluña con el Monumento a Colón— se alza el legendario Gran Teatro del Liceu. Su historia se remonta a...

Valentí Oviedo: el estratega que lidera la transformación más audaz del Gran Teatro del Liceo

BARCELONA.— En plena Rambla —ese emblemático paseo de esta ciudad, que une la Plaza Cataluña con el Monumento a Colón— se alza el legendario Gran Teatro del Liceu. Su historia se remonta a...

BARCELONA.— En plena Rambla —ese emblemático paseo de esta ciudad, que une la Plaza Cataluña con el Monumento a Colón— se alza el legendario Gran Teatro del Liceu. Su historia se remonta a 1837, cuando en otra ubicación comenzaron las actividades artísticas que darían origen al primer Liceu, inaugurado en 1847 en el mismo lugar que hoy ocupa el edificio actual. Dos incendios devastadores, un atentado anarquista que arrojó bombas a la platea, la Guerra Civil Española y complejos procesos de reconstrucción forman parte de la intensa biografía de este teatro, que impone con su presencia y su memoria apenas se traspasa su entrada.

En el mundo de la lírica suele decirse que, quien triunfa en el Liceu, triunfa en el mundo entero. Montserrat Caballé lo recordaba cuando, apenas unos días después del incendio que en 1994 destruyó el teatro, apareció en televisión cantando entre las ruinas para pedir la colaboración de todos en su reconstrucción. Como ella, que durante 40 años fue reina indiscutida de sus producciones, otras voces míticas deslumbraron —y siguen deslumbrando— a quienes tienen la fortuna de asistir a alguna función.

En 1999, con la puesta de Turandot, el teatro reabrió sus puertas completamente restaurado y con infraestructura tecnológica de vanguardia. Pero el mundo sigue avanzando —quizás a un ritmo cada vez más vertiginoso— y le exige a las grandes casas de ópera competir con nuevas formas de entretenimiento; es necesario repensar estrategias, lenguajes y modos de vinculación para que el arte que custodian siga acompañando a la humanidad.

Desde 2018, el Liceu se ha dedicado justamente a eso: imaginar y poner en marcha acciones que permitan al teatro dialogar con su tiempo, ampliar su alcance y asegurar que su legado siga vivo. El estratega detrás de esta transformación es quien asume su dirección general, Valentí Oviedo, un licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Autónoma de Barcelona, con un MBA por el IE Business School formado, además, en el Programa de Desarrollo Directivo del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa de la Universidad de Navarra.

Oviedo comenzó su carrera profesional orientado hacia las áreas de finanzas y marketing, y nada parecía indicar que su camino lo llevaría a dirigir una casa de ópera. Sin embargo, aquí está, al frente del Liceu, con una entrega y un ánimo que se cuelan en cada respuesta. A pesar de haber participado la misma mañana de esta entrevista en un acto muy importante para el futuro y la modernización del teatro —la presentación de los cinco finalistas del concurso para la construcción de una nueva sede, el Liceu Mar— se toma el tiempo de conversar con calma sobre su labor y el futuro que imagina para la institución, que incluye un fuerte proceso de internacionalización a través de una plataforma digital innovadora, además de múltiples programas destinados a acercar la cultura al mayor número posible de personas.

—La dirección general del Liceu implica ponerse al frente de una institución con más de 180 años de historia. ¿Cómo pasaste de una formación dentro de las ciencias económicas a la gestión cultural?

—Yo siempre cito a Ortega y Gasset, que dice que la vida es vocación, circunstancia y azar. En ese mix, seguramente, se encuentra el lugar en el que cada uno de nosotros termina posicionado. Yo era un niño sumamente inquieto —así me definían en los años 80; hoy probablemente me habrían diagnosticado con déficit de atención—, así que mi madre decidió apuntarme al conservatorio de música cuando tenía apenas cuatro años. Le habían recomendado que tocara algún instrumento y resultó ser un acierto: la capacidad de concentración que exige pasar tres horas frente a una partitura, o te centra o se vuelve imposible. Hice toda la carrera de piano. Nunca fui un pianista extraordinario, pero ese camino me permitió conectar profundamente con la música y con las artes. A eso se suma que siempre fui una persona curiosa. En Manresa, la ciudad donde nací, un grupo de inquietos por la cultura decidimos organizarnos para reabrir el antiguo teatro, que llevaba 12 años prácticamente cerrado. Creamos una asociación cultural para gestionar la programación que aún quedaba y armamos un voluntariado. Yo tenía 18 años: cortaba entradas, ayudaba a montar escenografías y, entre todos, pensábamos acciones para atraer al público. Queríamos demostrarle al ayuntamiento que ese teatro que seguía abierto había quedado pequeño para las necesidades de la ciudad. Y las necesidades de una ciudad se definen por la demanda; nosotros teníamos que generar esa demanda. Ese proceso duró casi 10 años, hasta que logramos la reapertura del Teatro Kursaal de Manresa. En paralelo terminé mis estudios, trabajé en multinacionales, pero cuando el teatro reabrió, había que elegir un director general y decidí presentarme al concurso. Muchos me dijeron que estaba loco; dejar una carrera exitosa para dirigir un teatro en Manresa. Pero me hacía mucha ilusión, era la unión de mi vida profesional con la personal. Con apenas 30 años fui elegido para gestionar el que considero uno de los mejores teatros de Cataluña. Estuve allí cinco años y, por todo ese recorrido, es que hoy me dedico a la gestión cultural.

—¿Qué experiencias sigues conservando de aquel primer puesto vinculado al mundo de la cultura?

—Hay dos tipos de gestores: los que siempre han tenido el foco en lo artístico y aquellos que lo ponen en el desarrollo de públicos. En realidad, las políticas culturales de todas las instituciones están divididas entre esas dos almas. Desde un principio he estado del lado de quienes buscan generar público y en hacer posible que eso que disfrutan algunos pueda llegar al mayor número de personas.

—Y como siguió el camino que te llevó a dirigir el Liceu?

— Dicen que en la vida hay que manifestar lo que se desea. Cuando tenía 30 años y dirigía el Kursaal me preguntaron cómo me veía a los 40 y respondí que al frente del Liceu. Y aquí estoy; la verdad es que, si de niño era inquieto, hoy lo sigo siendo. A los 35, cuando se cumplían cinco años de mi gestión en Manresa, me propusieron dirigir L’Auditori de Barcelona, sede de la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Me parecía un reto maravilloso intentar conectar la música clásica con audiencias más amplias y acepté. Estuve allí tres años, hasta que una circunstancia política hizo que me nombraran gerente del Instituto de Cultura de Barcelona, el organismo que gestiona toda la vida cultural de la ciudad. Mientras ocupaba ese cargo, se abrió el concurso para la dirección general del Liceu y sentí que era una oportunidad. Me presenté y, desde 2018, llevo ocho años al frente de este gran teatro.

Producción del Gran Teatro del Liceo, de Barcelona (crédito: Lieuopera)

— ¿Qué importancia tiene la ópera como género en este siglo?

— Se dice que la ópera es el arte total porque reúne a todas las artes. A través de ella podemos comprender, en esencia, lo que es la cultura europea. Este género nació casi simultáneamente en numerosas ciudades europeas, en una época en la que los compositores viajaban de una corte a otra y desarrollaban sus obras incorporando los sonidos y estilos de los lugares que visitaban. Eran, en cierto modo, como abejas que transportaban polen: llevaban influencias de un sitio a otro y las transformaban en música. No existe otra forma artística que explique Europa en su conjunto mejor que la ópera; es, quizá, la conexión cultural más profunda que compartimos. La Unión Europea es, en última instancia, una unión comercial, mientras que la ópera es un lenguaje que todos reconocemos como propio. Esa singularidad le otorga una fuerza extraordinaria. Mantener este arte desde la excelencia nos une, de algún modo, a todos.

— ¿Cómo define un teatro lírico del Siglo XXI?

—Un teatro del siglo XXI debe aspirar a la excelencia artística, no solo como finalidad, sino también como punto de partida para incorporar otros elementos fundamentales: el desarrollo de programas educativos y sociales que hagan la cultura accesible para todos. Al mismo tiempo, no puede renunciar a su estándar de exigencia si quiere conectar con los públicos. El desafío es aún mayor: acompañar a las audiencias por un camino honesto que les permita descubrir y disfrutar la ópera, ampliando así la base de espectadores. Dicen que la belleza es lo que dignifica a la persona; por eso, una casa de ópera tiene la obligación de mostrar la belleza del arte en su esencia. Tampoco concibo un teatro del siglo XXI sin sus cuerpos artísticos estables: orquesta, coro y ballet, porque son esenciales para construir el alma de la institución y generar un vínculo profundo con el público. Un teatro contemporáneo también necesita dialogar con las nuevas generaciones mediante historias que las interpelen, impulsando nuevas creaciones que realmente conecten y hagan que la gente quiera volver. No me interesa promover obras nuevas solo por ser nuevas, estas deben nacer con la intención de comunicar la música a las audiencias. La ópera es el género con mayor presupuesto dentro del ámbito cultural y esa ventaja implica una responsabilidad clara: apoyar, en la medida de lo posible, a otros sectores y avanzar hacia una mayor accesibilidad para toda la ciudadanía.

Legado y futuro: claves para modernizar un teatro

Una solicitud de acreditación y la rápida respuesta del equipo de prensa marcaron la antesala de esta conversación. Al invitar a esta cronista a ver la función de Manon Lescaut y el penúltimo concierto del “Universo Mahler”, el ciclo que marca la despedida de Josep Pons como director musical del teatro, también habilitaron el acceso a LiceuOPERA+, la plataforma digital del teatro. Esta opción sorprende de inmediato: su calidad y su enfoque la distinguen de las propuestas habituales de otras grandes casas de ópera. De esto también es responsable el director general del teatro, bajo cuya gestión se han desarrollado este y otros proyectos enfocados en la modernización.

—LiceuOPERA+ parece abrir el teatro y hacerlo internacional al ponerlo al alcance de todo el mundo ¿Es una herramienta de difusión o un cambio de paradigma?

—A raíz de una conversación con una abonada de toda la vida que ya no podía volver al Liceu, pensé en lo injusto que resulta que algunas personas no puedan disfrutar de aquello que más ilusión les hace. De esa reflexión nació la idea de crear una plataforma que lo hiciera posible. El desafío era cómo financiarla, y la respuesta resultó en ofrecerla igual a un abono de temporada: la misma programación, pero desde casa. Se adquieren los mismos títulos y se disfrutan a medida que se estrenan. Así, se puede ser abonado presencial o abonado de LiceuOPERA+ y vivir la experiencia desde cualquier lugar del mundo. Eso sí, decidimos apostar por la profundidad de lo que ofrecemos, no queremos ser un repositorio de cientos de títulos ni caer en el efecto Netflix, donde la abundancia de oferta hace que entres y no termines viendo nada. LiceuOPERA+ busca que cada persona se sienta un liceísta más.

Producción del Gran Teatro del Liceo, de Barcelona (crédito: Lieuopera)

—¿Cómo fue el proceso de implementación?

—Es una plataforma pensada para ser sostenible y generar resultados, no para convertirse en un gasto. Eso nos permite mejorarla y actualizarla continuamente. Hoy contamos con unos 8000 abonados. Su puesta en marcha no fue sencilla: estuvo un año inhabilitada por un conflicto sindical con la orquesta y el coro, hasta que finalmente encontramos una solución conjunta y pudimos relanzarla. Es un paso hacia la verdadera internacionalización del teatro: que cualquier amante de la ópera, en cualquier lugar del mundo, pueda acceder a nuestras producciones y sentir que está sentado en el Liceu.

—¿Qué encuentra quien decide abonarse a ella?

—Queremos ofrecer aquello que al público le gustaría hacer en el teatro, pero no puede, como seguir la partitura mientras avanza la ópera, ver lo que ocurre detrás del escenario con los protagonistas u observar exclusivamente a la orquesta. Tienen a la vez videos explicativos y de entrevistas que contextualizan cada producción en lo musical, histórico y artístico. Creamos también la ópera en 30 minutos, una síntesis que explica la obra con sus arias y momentos clave. Con todo esto buscamos complementar lo que es la experiencia en vivo y, al mismo tiempo, despertar el deseo de venir al teatro. Queremos que, desde donde sea, conecten con nuestras producciones. Las grabaciones ofrecen una calidad cinematográfica. Cada título se filma entre funciones: primero en el ensayo general, donde podemos mover cámaras con libertad, y luego en una función con público, complementada con un tercer día dedicado a perfeccionar el sonido. No las transmitimos en directo porque buscamos una calidad que perdure. Por ejemplo, Manon Lescaut, ultima producción que hicimos y que estrenamos en marzo, tuvo su estreno digital en la plataforma en abril.

—¿Qué otras acciones impulsa el Liceu para atraer nuevos públicos?

—La educación es fundamental: es más fácil acercarse a aquello con lo que estás familiarizado o que te enseñaron en casa, aunque eso por sí solo no alcance. El interés también responde a un acto egoísta, y para que la propuesta funcione hay que comprender a la generación a la que quieres dirigirte. Por eso desarrollamos un proyecto exclusivo para menores de 35 años aprovechando el componente hedonista que los distingue. Todos quieren una selfie en el Liceu y para atraerlos a venir ofrecemos DJ antes y después de la función, puestos de comida y precios muy accesibles. En lo que no hacemos concesiones es en el espectáculo: mostramos la ópera completa, tal cual es. Además, proponemos un after ópera para que no salgan corriendo y puedan compartir impresiones. Son cinco funciones al año y la respuesta ha sido enorme: entre 40.000 y 50.000 asistentes. Luego llega una etapa vital —hijos, carreras profesionales— en la que es más difícil venir a la ópera. Pero nuestro objetivo es dejarles el gusanillo, para que vuelvan en cuanto puedan.

—Se anunciaron los finalistas del proyecto Liceu Mar, la nueva sede. ¿En qué consiste?

—No tenemos capacidad para desarrollar toda la programación que quisiéramos. Entre nuestra temporada y la capacidad de la sala (2292 localidades) resulta imposible. De allí surgió la necesidad de una segunda sede, que vendría a ser este Liceu Mar, situado en el Port Vell de Barcelona. Este teatro permitirá ofrecer toda la temporada de danza (aquí solo caben tres títulos) y tener una compañía residente con producciones propias. También ampliar la actividad educativa hasta 90 funciones anuales y darle lugar a la zarzuela, la opereta y la ópera de nueva creación, ámbitos que hoy no tienen espacio. A los estudios de arquitectos que están concursando les pedimos un teatro que tenga presencia en la lejanía, de escala humana al acercarse y extremadamente confortable cuando estés allí. De esta manera el Liceu de la Rambla, LiceuOPERA+ y Liceu Mar conformarán el verdadero Gran Teatro del Liceu, un triángulo para impulsar y consolidar nuestro proyecto cultural e internacional.

—¿Para cuando estaría listo?

—Es un proyecto que requiere madurez. Son iniciativas que deben construirse tanto desde arriba como desde la base, generando un clima de opinión favorable que permita comprender el valor de invertir en un espacio así. Liceu Mar será la pieza que complete la verdadera modernización del teatro y un lugar para reflexionar sobre el significado de la ópera en el siglo XXI. Allí podrán plantearse preguntas que amplían los límites del género —por ejemplo, si la música electrónica puede formar parte de la ópera y quién define esos límites—. Estoy convencido de que será un espacio donde todas estas exploraciones y debates podrán desarrollarse ampliamente.

—En un contexto en el que la oferta de entretenimiento es ilimitada, ¿qué futuro imagina para los teatros de ópera y cómo pueden dialogar con las nuevas formas de consumo cultural?

—Ante este reto, solo queda aspirar a la excelencia: lograr que el público viva y vibre en cada función. La experiencia del directo es irreemplazable; nada sustituye esa sensación de colectividad y de arte vivo. Por eso debemos ofrecer siempre una experiencia memorable. En un mundo diverso, la música sigue siendo un territorio común donde todos nos emocionamos. El sector cultural defiende una visión humanista, aunque no siempre actúa con coherencia. Por eso es esencial trabajar con rigor y humanidad. Solo así lo que presentamos se legitima, la organización se mantiene sana y el resultado artístico se percibe como honesto y fiel a los valores que la cultura representa.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/valenti-oviedo-el-estratega-que-lidera-la-transformacion-mas-audaz-del-gran-teatro-del-liceo-nid02052026/

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